La Calata Culta Sábado, 12 diciembre 2015

“La intención es escribir y divertirte”. Una charla con el autor del libro “Jesús, el político”

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

 

Este chico, Christian Reto, me escribió hace unos meses. Me dijo, oye lee, mi libro, se llama Jesús, el político. Y así fue, lo leí sobre mi cama, en la combi y en el baño. Y eso sucede porque el escritor ha cumplido con su chamba, que es la de raptar al lector por un rato. Me gustó su idiosincrasia. Sus personajes fracasados y llenos de manías. Christian Reto es ese escritor peruano que estaba extrañando leer, porque crea historias a partir de eventos sencillos. Nos emociona sin usar palabras “prestigiosas” y corrobora una vez más que se puede escribir sobre cualquier tema.

¿Cómo decidiste publicar tu primer libro de cuentos “Jesús, el político”?

Siempre quise publicar. Estuve escribiendo varios cuentos desde hace tres años. Quería hacer mis propias tragedias y todo eso, y de una manera irreverente. Por ejemplo, con el cuento “Jesús, el político”: si tú ves, la mayoría de ficciones que hablan de Cristo fuera de la Biblia rompen el molde de una manera puritana, lo involucran con mujeres. Ni mierda más. No exploran otros temas, de qué gente estaba rodeado. Quiénes eran los apóstoles. En mi caso, no creo que el resultado haya sido tan jodido.

¿De qué tratan tus cuentos?

Mis cuentos hablan mucho del rechazo. De no sentirse identificado con nada. Siempre había tenido ese sentimiento conmigo, que era muy fuerte. Y creo que la escritura de esos cuentos también sirvió un poco para botar. No diría que funcionó como terapia, pero sí como una catarsis.

¿Cuánto tiempo estuviste escribiendo el cuento “Jesús, el político”?

Creo que fue bastante tiempo. Resultó trabajoso porque seguí la ruta de Jesús.

¿La ruta de Jesús?

Ja, ja, ja. Me refiero a cuál fue su recorrido, su tour de rock star. Su peregrinaje.

Soy de Canaán. Durante gran parte de mi vida fui seguidor de Judas de Gamala, el hombre que se rebeló en el gran censo. Aprendí entonces a no seguir órdenes de ningún hombre, pues solo Yahveh nos puede gobernar. Esto fue fácil de cumplir, teniendo en cuenta que el mismo maestro Judas pereció temprano y jamás lo conocí, jamás me lideró pues él no era Dios.

Con tanta información sobre Jesús, ¿no te cansabas mientras escribías ese cuento?

Ja, ja, ja. Claro, lo bueno es que fue un cuento, ¿no? Porque si hubiera sido más extenso, sí me hubiera cansado. Por eso la historia es corta. Aunque varios me han dicho que me hubiera dedicado solamente a esa parte. Pero creo que ya hubiera sido demasiado.

“Equis”, el segundo cuento de tu libro, tiene un estilo que es casi cinematográfico. Son varias escenas contrapuestas.

Ese cuento tenía harta influencia cortazariana. Otro amigo le encontró algo de Vargas Llosa, por la narración yuxtapuesta. Pero me basé en el capítulo 34 de “Rayuela”, donde se confunden líneas. Y me parece alucinante. Quise practicar eso. Y creo que fue divertido, porque esa es la intención, escribir y divertirte.

Él se prometió no llorar; ella aprendía a caminar. A los quince rompió la promesa; ella creía que su padre era un agente secreto. Un año más tarde recibió una paliza y creyó que se sentía bien estando allí, echado en el suelo, mirando el cielo con la cara magullada; lejos, muy lejos, la niña se columpiaba y esperaba ser lanzada por los aires.

¿Te es fácil escribir diálogos?

Creo que sí. Siempre he intentado que los diálogos suenen como la gente los habla. Soy muy observador en eso, creo que corrijo un montón. Me salen porque me pongo en el lugar del personaje. Es fácil, porque siempre te basas en alguien que conoces. Y dices “Quiero que mis personajes sean así”.

¿Un escritor tiene que ser observador? 

Claro que sí. Es la única manera entender al otro, al ser humano en sí, y luego comprenderse a uno mismo. Es posible que los narradores más observadores y que han quedado perpetuados en la historia, hayan quedado ciegos de castigo. Como Homero o Borges.

¿Te trasladas mucho a tus recuerdos?

En su momento eran recuerdos que estaban ahí, vigentes. Y ahora son cuentos. Fue algo así como sacar cosas que no quería en mi vida.

¿Algo así como un “joven y alocado”?

Exacto, algo así, ja, ja, ja.

¿Qué tal la recepción del público?

Algunos autores piensan que es importante el impacto que pueden generar en el público, pero no es mi caso.

¿Algo ha cambiado en ti luego de publicar este libro?

Creo que no. He tenido desencuentros con amigos porque creen que me he vuelto creído. Y yo sigo siendo el mismo pata con el que puedes chupar chela en el parque. Estoy feliz por la publicación del libro. Y confío en que puedo hacer más cosas. No siento que sea una obra maestra, ya el tiempo lo dirá, ja, ja, ja.

¿Qué es lo más bonito que te han dicho de este libro?

Todos halagan el cuento de Jesús, eso me gusta. Me gusta también que digan que es adictivo.

¿Y lo malo?

Cosas técnicas, de edición. Algunos exquisitos me han dicho, “Oye, hay una coma que sobra”. Lo que sí me han mencionado antes es que el tema de Jesús sirve como gancho.

¿Y es así?

No, yo no lo pensé de esa manera al diseñar la portada ni al colocarle ese nombre al libro. Fue un tema con la editorial. Y la portada la diseñé con un amigo.

¿Estudiaste periodismo?

Sí, al inicio quería hacer publicidad, pero el periodismo me pareció más interesante. Me atraía esa idea de contar historias. Hago prensa escrita, he pasado por diarios y revistas. Me gusta lo que hago.

Haces entrevistas para Caras. ¿Qué es lo que más te gusta de eso?

Conocer gente, conocer realidades. Me gusta que la gente se abra conmigo. De corazón, digo, ja, ja, ja. Que se suelte. Que pueda concentrarse con naturalidad. Porque a veces pregunto cosas bien particulares.

 

¿Cómo cuáles?

Una vez le pregunté a Carlos Alcántara si había caído en la discriminación. Me respondió que tuvo que separar niños blancos de morenos en un set de programa infantil que él conducía. Y el tema salió de lo más normal, porque le comenté que yo había asistido a ese programa. Meses después de que saliera publicado, quise conversar de vuelta con el actor y los Tondero me dijeron que estaba vetado de entrevistar a Cachín. Por otro lado, hay cada caso en que el entrevistado se da cuenta de que se ha ido de boca… Sobre todo las actrices.  Luego la piensan, y llaman, y dicen “Creo que eso no he debido decir”. Hay mucha gente susceptible. Creo que no entienden que también está la interpretación del periodista. Me ha pasado mucho con mujeres, y no quiero sonar sexista. Pero eso sucede.

¿Y qué haces?

Publico la entrevista igual, pero es un tema de interpretación. Tiene que haber un respeto a lo que se dijo. La otra vez, curiosamente, estaba viendo un video de Gay Talese, quien nunca se peleó con ningún entrevistado. Él decía que nunca había grabado a nadie: sacaba papelitos y apuntaba las cosas, entrevistaba a gente que no era famosa. Eso es bonito. Querer mostrarse de una manera natural.

¿No te animas por la novela?

No creo que ahorita esté en esas condiciones. Para mí sería muy difícil. Ya escribí el cuento de Jesús y me cansé. Intentaré una, aunque quizá al final se fraccione y termine en otro libro de cuentos.

★ ★ ★

CAFEÍNA (extracto)

A Renzo le molesta recibir visitas en la casa que heredó de su madre fallecida. Le molesta que los visitantes alteren la disposición de los elementos del hogar. Cierta vez uno de sus amigos rompió una de sus seis copas de vino hechas para tintos y se perdió un cenicero Copenhague, sin poder hallar al ladrón. A pesar que tiene la posibilidad de mudarse del distrito de Lince, Renzo no puede cambiar de amigos. Tampoco lleva chicas a su casa. Le angustia quedarse dormido y no saber qué harán en la vigilia.

La impuntualidad es otra de las cosas que lo afectan. Su Tag Heuer marca las ocho y seis, hace cinco minutos sus amigos deberían haber aparecido. Enciende un Lucky Strike convertible, hasta ahora no sabe cómo lo han convencido de fumar mentolados. Escucha el timbre y hace pasar a una persona. La invita a tomar asiento y se va a su baño. Se mira al espejo, cierra los ojos, respira por la nariz y exhala por la boca. Al abrir los ojos nuevamente espera hallarse con otro talante. Llena dos vasos con agua, uno para una benzodiacepina y otro para la sertralina. Ambos medicamentos se los han recetado tras la muerte de su madre.

La primera en llegar es Nella, quien inspecciona todo el lugar. Ha dejado a su única hija al cuidado de su madre, pues el padre de su hija la dejó hace dos meses. Su madre se molesta cuando le deja a su nieta, pero ella ha prometido regresar temprano a su casa y su madre le cree. Hubo una oportunidad en la que Nella se retrasó una hora y tuvo que llamarla, la bebé estaba llorando, pidiendo la teta.

Renzo está nervioso, hace tiempo que no tiene a una mujer en su sala que no sea su hermana y aunque sabe que no es recomendable jugar con los sentimientos deuna madre soltera,lo que él quiere en ese momento es divertirse un rato. Invitada y anfitrión se conocieron gracias a un amigo —uno que está por llegar— en Punta Hermosa. Ella siempre escudada en sus lentes de sol. Desde el primer momento a Renzo le agradó esa chica playera, aquella que quedó embarazada de alguien del que prefiere no hablar y que se mostraba asquienta con el comportamiento de algunos bañistas: «Qué asco cuando la gente bota basura a la arena, ¿me entiendes?». En una oportunidad, cuando recién empezaba el día, denostó a un grupo que comía ceviche en bolsa, aunque ella, horas más tarde, orinó en secreto en una calle tapada por un arbusto. A pesar de ello, a Renzo le gustó que Nella soltara un «aj». Incluso cree que ella sería incapaz de quebrar algo en su casa.

Allí en su sala, lo primero que le pregunta para romper el hielo es por Jano, el tipo que los presentó. «Pensé que vendrías con él», dice Renzo. Nella responde que no, que no sabe si vendrá. Minutos después llega Mario pidiendo disculpas por la demora, pero más que una disculpa es un lamento para él mismo. Está casado, pero ahora su mujer está de viaje. Ha aprovechado para fugarse de la casa, dejar a su hija con una nana —a quien le ha prohibido ver los programas que ella ve delante de su niña— y venir a la reunión que él cree será una gran juerga. Mario sale tan poco con su esposa que cuando lo hace solo quiere beber demás, si es posible prender dos cigarros a la vez y coquetear con alguien. Al llegar ve a Nella, a quien no conoce, pero le habla de cualquier cosa. Renzo los ve y se siente liberado de no sentir la carga de hablar con ella.

Kike llega con una desconocida. La presenta, pero ¿quién le presta atención a los nombres en una presentación? Conociendo a Renzo, tuvo que llamar minutos antes para anunciar que llegaría acompañado, porque sabía que a su amigo le podría disgustar la presencia de alguien extra en su casa. Renzo le respondió que no sea idiota, que se venga nomás, que lo que él quiere es orden con los objetos de su casa, no con la gente. Pero lo de Kike es la historia de siempre, concreta citas los días que tiene reunión con los amigos. A veces las prefiere a ellas, a veces las deja a media salida, a veces las lleva a la reunión. Kike suele sobredimensionar la conquista; incluso alguna vez, luego de haber salido cuatro veces con Nadia, llamó emocionado a Renzo para decirle que al fin la había besado, olvidando que a él le gustaba esa misma chica en otra época.

 

 

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.