La Calata Culta Jueves, 3 marzo 2016

El día en que Rakel y yo hablamos de amor en trips

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Ilustración: Yo Les Dije

Ese día Rakel y yo compramos ácidos en la casa de Abel. Teníamos que irnos rápido porque era el cumpleaños de su abuela. A él lo estaban esperando y no se había bañado aún.

­─La abuela es primero, chicas ─nos dijo.

Así que nos dio un cuadradito de papel a cada una y nosotras lo pusimos debajo de nuestra lengua, el ácido viene en papel. Rakel aprovechó y le compró cinco gramos de yerba, recibió el paquetito y su yapa. Yo había dicho La yapita es para mí, ¿no? Pero nadie se rió. Y  Abel dijo Pueden estar media hora en la sala mientras me baño y me desenredo el cabello.

Luego se fue a la ducha, toalla en mano.

Abel es un hombre con sentimientos. Que no confunda a nadie su pelo largo o los tatuajes que asoman por encima de su bividí: él se mete todas las drogas que quiere, pero primero es la familia. Guardé en mi mochila los lentes de sol que tenía en la mano y luego saqué la cajita con mi foco discotequero.

─¡Manya, ese foco! ─dijo Rakel, abriendo la boca y enseñando sus dientes color beige.

─¿Te pasaste el ácido? ─dije.

─No, mira.

Me mostró su lengua.

─¿Y ese foco?

─Me costó 20 luquitas en Marsano.

Hablábamos con el papelito en la boca.

─Qué paja, ¿lo podemos probar?

─Hay que preguntarle a Abel.

Rakel se fue a la cocina y trajo un banquito hasta la sala.

─¿Qué haces, huevona?

─Lo voy a colocar, pues.

─Pero primero hay que preguntarle.

─¡Qué chucha, un ratito! ─dijo, sentándose en el banquito y sacándose el zapato derecho. Luego se sacó la media.

Rakel usó la media para sacar el foco del techo, que estaba encendido, y puso en su lugar mi foco mágico. La sala se llenó de luces de colores. El rojo, el morado, el verde, girando.

Ella sonrió, como ilusionada, y yo le dije Imagina que estás en Dubai, en un piso muy alto, y yo soy Daniel Radcliffe. Ella se rio y me dijo Calla huevona, y luego la ayudé a bajarse del banquito.

Me gusta estar en el departamento de Abel, solo que a veces hay chicos extraños dormidos sobre el piso. Por ejemplo, ese día había un chico detrás de una maceta, estaba sin polo y tenía lentes oscuros, y en todo el rato no había hablado. Yo había pensado que era una bolsa, una gran bolsa de algo. Pero vi que se movió un pie.

Se levantó lentamente del piso y luego dijo ¡Qué calor hace!

Era un chatito. Se acercó a nosotras.

—¿Y ese foco? ¿En qué están, chicas?

Rakel y yo sacamos la lengua y le mostramos los papeles.

—¡Ah, son triperas! —dijo él.

—Sí, ¿y tú? —dijo Rakel.

—Coquero.

—¿Vives acá? —le pregunté.

—No, yo soy de San Juan de Lurigancho.

—¿Y te vienes desde allá para comprarle coca a Abel?

—No, ja ja ja. Somos brothers, ayer estuvimos pintando toda la madrugada y me quedé a dormir.

—¿Qué pintaron? —preguntó Rakel.

—Hicimos un graffiti afuera de una fábrica de ollas. ¿Quieren jugar Play?

Nosotras nos miramos.

Fuimos los tres al comedor y vimos a un niño jugando Play frente a un televisor. Era un niño gordito y tenía cara de pendejo.

—¿Y ese niño quién es? —pregunté.

—Es mi hijo, su mamá lo va a venir a recoger después —dijo el chatito.  —Chicas, siéntense —y nos mostró el sillón.

—Hazte a un ladito —le dije al niño.

Nos sentamos y nos hundimos. Yo pensé Cuántos culos se habrán sentado acá. El niño me dio un mando y me dijo Cuando te mueras le toca a ella.

Jugamos Crash Carrera. Yo sabía cómo era el juego porque lo había jugado mucho con mis hermanitos, y siempre les ganaba. Todo era jijiji jajaja con el niño, yo le estaba ganando, cuando de pronto se tiró un pedo. Primero pensé que había sido un balazo, y que los policías iban a entrar de un momento a otro pateando la puerta. Pero Rakel dijo:

—Oye, no seas cochino.

—Oe, David, no seas pedón, pues.

El niño se atoraba de la risa. Decía Perdón y se seguía riendo. En ese momento su boca comenzó a desarmarse.

Me asusté un poquito y se me cayó el mando al suelo.

—Oe, mi mando, no lo botes —dijo el niño.

Recogí el mando con mucha dificultad, y se lo entregué a Rakel. Ella me dijo al oído No mires así al niño, se va a asustar. ¿Cómo así? le pregunté yo. Con tu cara de loca, me dijo.

—Oe David, ve a lavarte de una vez, que tú mamá ya viene a recogerte —dijo el chatito.

Ni bien le mencionaron a la mamá, el chibolo saltó como ratita de barco y se fue a la sala.

—Este cojudo —dijo el chatito y se puso a jugar.

Mientras jugaba, el chatito nos contó de su arte. Era pintor. Había comenzado pintando en las calles hasta que tuvo su propio local, y ahora chambeaba pintando departamentos. Yo le decía ¿Ah, sí? Ah, ya y no lo miraba a los ojos.

—Oe, y ustedes, ¿de dónde son?

—De Surco. Y Rakel, de La Marina.

Rakel metió su cuchara.

—Los ácidos de Abel no hacen efecto, yo creo que nos está vendiendo metanfetaminas.

El chato volteó la cabeza hacia nosotras y dijo:

—¿Qué?

—Sí, ya le hemos comprado dos veces y nada— dijo Rakel. —Esta es la definitiva, si no, nos devuelve nuestra plata.

El chatito se rió, incrédulo, y le dio pause al juego.

—Ayer Abel le vendió a mi amiga y se puso locaza ­—sentenció.

—Yo no sé qué le habrá vendido a tu amiga, pero yo creo que nos está dando de la mala —dijo Rakel.

—A ver a ver amiga, ¿no observas que los números se salen de la pantalla? —dijo el chatito, mostrándole su celular. —¿No ves las luces?

Yo sabía que teníamos que salir de ese lugar inmediatamente, pero primero tenía que mear. Le dije Permiso a Rakel y la dejé allí, con el chatito. Caminé hacia el baño pero estaba cerrado, Abel se seguía bañando. Así que fui a la terraza, me bajé el calzón y oriné allí, sobre las mayólicas. Mientras orinaba vi que en la pared había unos mocos pegados. Me quedé observándolos y empezaron a moverse, como palpitando, los mocos se transformaban en ojos y yo dije ¡Chucha! ¿Qué es esta huevada? ¿Para esto he pagado 45 lucas?

Salí de la terraza toda dubitativa, pensando en lo que me había dicho Rakel. Ella dijo que conocería la Verdad Absoluta si tomaba LSD.

Regresé al comedor y guardé mi casaquita dentro de mi mochila. Rakel estaba jugando sola y el chatito estaba a su lado. Y yo dije en voz alta:

—Ya nos vamos, Rakel.

—¿Pero cómo se van a ir? —dijo el chatito. —Si todavía no hemos jalado coca.

—Nosotras no queremos coquear, huevón. No te confundas.

El chato estiró las piernas para sacar una bolsita de su pantalón y le dijo a Rakel:

—¡Ya pues amiga, hay que jalar!

—¡Te he dicho que no! —le respondió. —¡Casi me haces perder!

El chato abrió su bolsita, metió su dedo meñique y vi su asquerosa uña larga. Aspiró coca de esa uña, y con los ojos cerrados le ofreció la bolsita a Rakel.

—Oye, primero córtate esa uña y nos hablas —dijo ella. —Vas a hacer que me maten.

Ya estaba fastidiada.

El chato se levantó de un salto.

—¿Te van a matar? ¿Quién te va a matar? —le dijo, sacando un objeto brillante del bolsillo de su pantalón. Era una navaja. La abrió, y vi saltar la filuda hoja. En ese instante una nalga me tembló y pensé mil huevadas: por ejemplo, pensé Este chato ahora se raya y le corta una teta a mi amiga. Cosas así, ¿manyas?

El chato se rió.

—Tranquilas, chicas —dijo, y dejó la navaja sobre el televisor.

Seguro habría pensado bien las cosas.

—¿Desean tomar una Inca Kolita? Deben estar con sed.

Yo le dije que sí para que se fuera a la cocina y no joda. El chato me preguntó Helada o sin helar y yo le respondí Helada, luego caminó hasta la puerta. De un momento a otro se dio la vuelta y como un gato corrió hacia Rakel, espolvoreándole en la cabeza lo poco que quedaba en su bolsita. Y mientras lo espolvoreaba decía Toma, mierda. Luego se fue corriendo. Todo fue muy rápido.

Rakel tiró el mando del Play. Su cabeza parecía vello púbico, con secreciones blancas. Qué ganas de joder de ese chato maldito, pensé. Rakel se quedó cojuda de la indignación. Yo no sabía cómo limpiarla. Primero pensé en pasarle mi lengua, pero después le sacudí el pelo con la mano, y lo único que dijo ella fue ¿Te imaginas si mi papá me ve así?

 * * *

Ilustración: Yo Les Dije

Salimos de ese lugar riéndonos, y cuando ya estábamos en el primer piso, con un pie en la calle, dije ¡Mi foco!

Había olvidado mi foco mágico.

Alguien tenía que subir y, claro, no iba a ser Rakel. Tuve que subir yo a la voladita, cuatro pisos. Toqué la puerta del departamento y salió el chatito, seguía riéndose. Le hablé seria. Le dije Oye, ¿puedes sacar mi foco? y el chatito dijo Claro, claro. Dile a tu amiga que venga más seguido.

Cuando bajé las escaleras Rakel me dijo ¿Con qué clase de gente te juntas?

Ya eran las 6pm, pero el sol no se había ocultado totalmente y se podían ver líneas rojizas en el cielo. Era como si al cielo se le marcaran las venas. Los ambulantes estaban afuera del mercado guardando cajones de frutas y verduras.

—Me gusta un chico —dijo Rakel.

Por el tono de su voz se notaba que quería decírmelo desde hacía rato. ¡Chucha! dije. Y un carro nos tocó el claxon en medio de la pista. Las luces de los autos me mareaban, ya no quería ver más luces.

Caminábamos hacia Miraflores y se lo pregunté. ¿Y cómo es él?

—Es de Chiclayo y es un idiota.

Ella dijo que era un idiota pero se notaba que le gustaba mucho.

Rakel dijo que quería comprar agua antes de seguir conversando, pero tenía miedo de que yo me tropezara, así que me dejó afuera de una tienda.

—Sientate aquí, ya vengo.

—Oye, siento que soy una sandalia que nada en una copa de champagne.

—Qué hablas, huevona. No vayas a hablarle a nadie, ¿ah?

Me dejó sentada y entró a la tienda. De pronto sentí una arcada y quise controlarla, pero era inútil, el vómito ya estaba en mi garganta.

Rakel me encontró de rodillas frente a una maceta. Estaba sudando y sentía la boca ácida.

—¿Por qué vomitas? —preguntó.

Rakel estaba preocupada, y mientras me limpiaba la boca con el pañito Yes que sacó de su bolso, yo veía cómo un mechón de su cabello se movía solo. Traté de aceptar esa realidad como normal, para no asustarme como una pánfila. Pero los pliegues de su rostro iban marcándose más, como una trocha. Esa Rakel, se había hecho mayor, o todo se estaba yendo a la mierda.

—No me voy a morir, es solo la mezcla del ceviche que me comí en el Bam Bam y ese ácido.

—¿Cómo a ti te hace efecto y a mí no? —dijo Rakel, ayudándome a levantarme. Parecía fastidiada.

—¿Te lo has tirado? —le pregunté.

—Sí, me lo he tirado.

—¿Tira rico?

Ella se rió. Comenzamos a caminar por la av. Pardo.

—Sí, me hace gritar, pero es un huevón.

—Pero, ¿qué hombre no es un huevón? ¿De qué clase de huevón estamos hablando?

—Es un chibolo. Si le preguntas algo te va a decir ¿Y? Luego seguirá masticando su chicle.

—Si es un chibolo Pulpín que juega Dota, no corre para enamorado. Tú necesitas un intelectual. ¿Qué fue del pelado?

—No me gusta porque me recuerda a mi papá, es un viejo y habla mucho. Siempre me está contando cómo tiraba en su juventud.

El plan inicial era comprar los ácidos y luego ir a la playa, pero a mí empezó a parecerme peligroso porque tenía mi mochila llena de cosas y nos podían robar. No había que arriesgarse. Siempre hay un payaso con globos en el culo que te jode la vida vendiéndote algo. Y puede ser choro. Por otro lado, no quería alucinar cerca al mar, quién sabe qué podía ver. Quizás se abría el cielo, no lo sé.

—Rakel, mejor playa no, vamos a mi casa a ver Los pitufos.

—Ja, ja, ja. ¿Los pitufos? ¿Es en serio?

—Sí, carajo, ¿tú no ves dibujos?

—Sí, pero Los pitufos siempre me han dado miedo.

Saqué mi celular de la mochila.

—Entonces vamos a una expo de arte que hay en el morro —dije, mirando el Facebook.

Las letras se salían de la pantalla, como había dicho el chatito.

—Es en el morro solar, ¿tú querías ver un cerro, no?

—Cerro no, yo quería ir al mar.

—Pero por allí, ¿no?

Rakel paró un taxi porque yo me estaba tropezando, y me ayudó a subir. Rakel era dura, a ella el ácido no le hacía efecto. Yo a cada rato le decía Relájate, relájate huevona. No te hace efecto porque estás pensando que se va a abrir la tierra y va a salir el inca Pachacutec bailando. Tú solo déjate llevar y no estés pensando huevadas.

Rakel no entendía de mis profundidades.

—¡Voy a ir a la casa de la abuela de Abel a la hora que sea, para que me devuelva mi plata! —gritó.

—Respeta los ácidos de Abel. A ti hay que meterte un ácido por el culo para que te haga efecto.

Rakel se rió moviendo la cabeza. Le cambié el tema y le pedí que me contara cómo conoció a ese chiclayano.

—¿Tiene buena pinga?

Rakel me tapó la boca con su mano pequeñita y me dijo Baja la voz, va a escuchar el taxista.

—Es un sonso. Come sushi, toma vino blanco y se cree el bacán.

—¿Qué película le gusta?

—¿Y eso qué importa?

—¡Pregúntale!

Rakel buscó su celular dentro de su bolso y escribió el mensaje. Escribía y borraba, así que le dije Mejor le escribo yo. Lo pensó unos segundos y luego dijo No. Porque tú eres capaz de escribir otra cosa y eso sí no te lo voy a perdonar.

Escuchaba a Rakel hablar y me recordaba en ella. Me contenté, porque estar ilusionado es bonito. Todas hemos sido pichonas.

El ácido ya había reventado, y por todos lados había color. Me sentí un poco paranoica.

Sonó el plim del celular de Rakel, y ella leyó el mensaje de texto.

—Dice que Buenos muchachos.

—Eso está bien, tiene mi aprobación.

—¡Qué hablas, huevona!

—¡Tú hazme caso y ahora pregúntale cuál es su escena favorita, yo te diré si te conviene o no!

Rakel me observaba con incredulidad, cerrando un ojo y riéndose. Mi respiración se comenzaba a agitar. Yo insistí y le dije que le diera una oportunidad, que el muchacho era joven y medio bestia. Pero ella se exaltó y me dijo que sus amigas de la universidad le habían dicho Échale caca, échale caca.

—Tus preguntitas no sirven, eso no me dice nada de él —me dijo.

Ya estábamos subiendo al morro solar, estaba oscuro y no veíamos ningún evento de arte. Ni música se escuchaba. Yo le dije a Rakel Creo que este es el camino a la muerte. El taxista se detuvo en medio de la subida y yo me asusté. Bajó su ventana, sacó la cabeza y le preguntó a una señora que pasaba por allí si sabía dónde quedaba el evento.

La señora le dijo Siga subiendo, debe ser en el restaurante de arriba, y Rakel me preguntó:

—¿Qué restaurante? ¿Era en un restaurante?

* * *

Parecía que el evento ya se había terminado. Le agarré la rodilla a Rakel y le dije Mejor no bajes del taxi, hay que regresarnos. Pero Rakel no me escuchó y se bajó rapidito. Con mucho esfuerzo saqué unas monedas de mi billetera y le pagué al taxista. La gracia de subir al cerro me costó 12 soles.

Bajé del taxi. Seguía sudando un montón. Nos quedamos en la entrada del restaurante porque yo no podía caminar, el piso de ladrillos se desarmaba y no me parecía confiable.

Me aferré a un palo de bambú y le dije a Rakel Ve a ver qué hay dentro, y ella se fue.

De una camioneta salió una familia, me pareció que eran la mamá, el papá y la hija, gente elegante. Tenían cuerpo de humano y cabezas de pollo, como los personajes de los cómics de Pedro Mancini. Tranquilidad, me dije.

A Rakel el ácido no le había subido ni mierda, yo estaba locaza. Me sentía como un chicle estirándose. En mala hora vine a este lugar, pensé. Yo debería estar escribiendo, ¿qué hago acá?

Cuando Rakel regresó me dijo:

—Hay unos cuadros y puros viejos sentados, pero yo no conozco a nadie.

—Entonces hay que irnos.

—¿Pero no quieres entrar?

—¿Así como estoy? Vámonos nomás, voy a pedir un taxi.

Dije eso y con una mano saqué el celular de mi mochila, pero se me cayó.

—Voy a llamar a un amigo para que nos recoja —dijo Rakel, levantando mi celular del piso.

Podía estar agarrándome de ese bambú, con el rostro desencajado, pero sabía que llamar a su amigo era una mala idea. Le dije a Rakel que me acompañara al baño, que allí íbamos a pedir un taxi. Ella me dijo Sigue agarrándote de tu bambú, voy a preguntar dónde está el baño.

Cuando regresó tenía un vaso de cerveza en la mano y se le veía bien happy. Esa Rakel, había estado paseando mientras yo le pedía al bambú que me cuidara.

—¿Y ese vaso?

—Me lo dieron adentro. ¿Quieres que te traiga uno?

—¡No, vamos al baño!

—El baño estaba allí —dijo, señalando una puerta a cinco pasos de nosotras.

Entramos.

—Este lugar está cochinazo —dijo Rakel.

—Sí, pero tenemos paredes, estamos seguras. El cóndor no va a venir a llevarnos.

El lugar se veía sucio, con manchas marrones en las paredes y papel higénico por todas partes. No había agua. No parecía baño de mujeres. Rakel terminó de tomarse la cerveza y con el celular en la mano pidió un taxi. Luego revisó su Whasapp, y dijo en voz alta que no iba a entregarle su amor a un huevón.

—Eres una pichona —le dije. —Tienes que entregarte y sufrirás un poco, pero luego ya no volverás a sufrir.

 Rakel no entendía mi punto de vista.

—Se sufre mucho, yo me puedo ir a la mierda —dijo.

—Todos nos vamos a la mierda, y de allí te olvidas.

Dije eso y sentí que mi lengua se quería salir de mi boca. La agarré con dos dedos, para que no se fuera, y le dije Ven, Rakel, ayúdame a agarrarme la lengua, se me va a salir y luego quién te va a aconsejar.

* * *

Ilustración: Yo Les Dije

En el malecón Harris había varios chicos fumando marihuana, y eso no me gustaba. Yo no paraba de decir A este lugar nunca he venido y Rakel decía que sí habíamos venido, solo que yo no me acordaba.

Estiré mi pareo sobre el pasto y nos echamos a observar las estrellas.

Yo le dije Creo que ya me bajaron los ácidos, y ella me dijo ¿Sí?

Y yo le dije No, han vuelto a subir.

Era como si comenzara a elevarme, y ya no tenía el control. La sensación venía con contracciones. Las estrellas ahora estaban de colores: rojo, amarillo y verde, que giraban, como mi foco. Yo le decía a Rakel Agárrame, no me vaya a rodar por el malecón. ¿Dónde está ese Abel? Quisiera que me quitara todas estas sensaciones, pero eso no puede ser porque los ácidos atacan el cerebro. Una pareja paseaba a su perrito por nuestro lado, y de pronto ella dijo ¡Cuidado Javi, no vayas a pisar la cacota! Y yo volteé apenas dijo eso y vi la cacota. La caca era color chocolatísimo, y tenía ojos amarillos. Me volví a asustar. La chica no paraba de decirle ¡Yo te salvé de esa cacota!

La palabra cacota retumbaba en mi mente.

Me levanté como pude y le dije a Rakel ¿Cómo es posible que hayamos estado echadas al lado de esa caca tanto rato?

Rakel se reía y yo me sentía miserable. Las cosas no debían ser de esa forma. Lo del ácido sí, pero en un yate en el Caribe, y siendo una escritora famosa.

Rakel se acercó y me dijo ¿Con quién hablas? Contigo, le dije, ¿No has escuchado todo lo que te he dicho? ¿No te importa la cacota?

—¿Qué cacota? Te quejas igual que mi mamá, en lugar de disfrutar tu viaje ya quieres estar normal, escribiendo en tu agenda.

Cogí mi celular y me eché nuevamente sobre el pasto. Quería escuchar una canción para relajarme. Puse Crimen de Gustavo Cerati. Rakel se echó conmigo. Me entregué al momento y comencé a excitarme. Quise saber cómo se sentía masturbarse en ácidos.

—Me voy a mi casa —le dije a Rakel.

—Qué hablas, huevona, acabamos de llegar, no nos vamos a ningún lado —dijo, y se sacó las zapatillas.

Me tapé con mi casaca, me saqué el calzón y me metí la mano en la entrepierna. Me puse a pensar en un pene grueso. Rakel se reía al verme.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En un pirañita.

—Tú no conoces pirañitas. Tú conoces gente seria.

Cogió mi calzón para olerlo.

—Este calzón huele a pofa.

—Eso es mentira, porque yo lavo mi ropa con suavizante. Respeta carajo, me estoy tocando.

—Esos ácidos de mierda.

Rakel dejó de joder y yo me quedé allí, con la mano dentro de mi vagina, tocándome rapidito. Tenía mucha sensibilidad en mi labio izquierdo, y eso era raro, porque siempre se trata del derecho. Me toqué un ratito más pero no pude venirme. No importaba, igual estuvo rico porque fue al aire libre, sentí la estática en mis dedos. Era como frotar tecnopor, y luego el tecnopor se hacía mermelada.

Luego el efecto se pasó.

Rakel me observaba con incredulidad y me preguntó:

—¿Y ahora, qué vas a hacer con esos dedos?

Yo estaba exhausta. La miré y me acerqué a ella:

—¡Te voy a tocar a ti, con mis dedos llenos de hongos vaginales!

Rakel dijo No, y parecía un conejo a punto de morir.

Y allí, echadas sobre el pasto, le conté de mi regla Trix.

Yo antes tenía una regla de Trix, el conejo. Y cuando sentía miedo iba a buscar mi regla dentro de la cartuchera. A veces la presionaba contra mi pecho y decía Tú, regla, me vas a cuidar, porque eres una regla bonita y nueva. Y cuando uno tiene una regla de Trix no le pasa nada malo.

Nos miramos. Rakel me apretó la mano y me dijo:

—Creo que si es un huevón no importa, lo importante es que yo viva la experiencia. Y si la experiencia se pone fea, lo dejo.

—Así es, pichona.

Ella se levantó de un salto y dijo que se le iba a declarar al chiclayano. Que para celebrar me iba a invitar un juguito. Me dio la mano y me ayudó a levantarme, guardé el pareo dentro de la mochila y le dije Rakel, ¿has visto mi calzón por allí? Ella dijo ¡No! y se fue corriendo. Primero pensé que estaba jugando, pero se iba alejando más y más. Yo gritaba ¡Rakel, Rakel, dame mi calzón!

¿Cómo podía llevárselo?

Recuerdo que corrí mucho esa noche. Estaba mareada, sintiendo el rostro extraño, sudando y gritando.

¡Rakel, conchetumare, mi calzón!

 

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Amigos de todas partes, comparto con ustedes el flyer de los talleres de escritura que estamos organizando en Machucabotones para este mes. ¡Empezamos un taller el sábado 5, y otro el domingo 13! Hay más información acá.

¡Hasta pronto!

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.