La Calata Culta Miércoles, 24 agosto 2016

Perdí mi media debajo de la colcha

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

[Una ilustración de Nicole Rifkin]

Estoy echada sobre mi cama escuchando el soundtrack de la película Drive, sin ganas de hacer nada más. Pero me duele la espalda. A veces creo que yo nací con dolor de espalda. No me gusta quejarme, pero casi siempre me estoy sobando la espalda. No me importa si estoy en un banco o al lado de gente muy seria, igual me sobo. Mi mamá dice que no me paltee, que ese fastidio que siento todas las mañanas al levantarme es porque duermo en posición fetal. Eso se lo dijo una vez al doctor cuando fuimos a la clínica y él soltó una carcajada. Desde entonces ya no le digo a mi mamá para que me acompañe. Ella sabe que me muevo mucho al dormir. Recuerdo que cuando era niña me decía ¿Tienes pulgas en el poto? Y ayudada por mi abuela me envolvía las piernas con una tela, para que no me moviera tanto en la noche. A mí me jodía dormir así, porque me sentía como una loca amarrada.

En este momento quisiera que entrara un chico por la puerta cantando una canción de Billy Idol y que luego me dijera Yo te doy un beso y te hago masajes. Ese tipo de cosas pueden pasar. ¿Por qué no? Yo no he matado a nadie y todos los días he recogido mi plato después de comer.

O pueden venir dos enanos musculosos y untar aceite en sus manos pequeñitas y sobar mi espalda y hacerme creer que soy la princesa de los enanos.

Cuando voy al mercado me gusta que la casera de la naranja tangelo me hable, me gusta su dejo de charapa. Me gusta prestarle atención. Hace cinco años que le compro naranjas todos los domingos. Ella tiene la edad de mi abuela pero es más sonriente, y hace poco le salió un lunar de carne en la punta de la nariz. Yo le he dicho que se puede operar en la posta de Surco, pero ella dice que no confía en las postas, que un día le sacaron un uñero del pie y le hicieron doler mucho. La casera es bien simpática, me hace recordar al doctor Curt Connors, El Lagarto de Spiderman. Ella me habla. Yo la escucho. Supongo que me gusta el morbo. Me alocan los detalles de otras vidas.

La última vez que la vi ella me contó algo peculiar, se había levantado a la misma hora de siempre, a las tres de la mañana, y se había ido al mercado de frutas. Cuando terminó de hacer sus compras el vendedor le dijo Ahorita le consigo un estibador, señora. Y a los minutos se apareció un hombre con la camisa rota y la cara marcada por el acné. Este hombre le dijo ¿Qué hay para cargar? y ella señaló los cajones con la fruta. Se quedaron mirándose un rato, ella y él.

La casera agachó la mirada y pude ver unas manchitas alrededor de sus ojos, eran como las manchas que le salen a la cáscara del plátano. En ese momento pensé A mí también me van a salir mis manchas de plátano. Hizo una pausa y cogió un melocotón y me lo dio. Anda comiendo, dijo. Luego, sobándose el codo derecho retomó la historia. Era él, mi enamorado, nos íbamos a casar, pero un día desapareció.

[Una ilustración de Nicole Rifkin]

¿Adónde se fue? le pregunté, dándole una mordida al melocotón.

Espera, pues, me dijo y continuó su historia.

Él puso los cajones con la fruta en el carrito de metal y en ningún momento volteó a ver a la casera, luego empujó el carrito hasta el paradero que está afuera del mercado. Ella caminó detrás de él. La casera paró un taxi y cuando el hombre que había sido su enamorado terminó de guardar los cajones en la maletera ella le dijo ¿Cuánto es? Pero él observó el suelo, sacó basurita del bolsillo de su pantalón y le dijo Dame para mi gaseosa y nada más. Y ahí, afuera del mercado, con la gente caminando, ella le preguntó ¿Por qué te fuiste? Y él se pasó una mano por la frente y tartamudeando le dijo que había dejado embarazada a una chica en el Callao, y que los padres de ella lo habían obligado a casarse. La casera me contaba eso y su voz se iba entrecortando. El hombre, agachándose para recoger su trapo preguntó ¿Eso es todo? y la casera dijo . Entonces él sacó un cigarro de su otro bolsillo, lo encendió prendiendo un fósforo y empezó a fumar antes de dar la vuelta e irse. Ya iban a ser las seis y media de la mañana. La casera vio por última vez al estibador, entró al taxi y se alejó de él.

La casera terminó su historia y yo me despedí de ella con un beso en el cachete. No me gusta quedarme mucho tiempo en el mercado, siempre tiene que ser lo preciso. Hay más personas que me necesitan, pienso y me voy con mi bolso de tela lleno.

Ahorita tengo sed pero sé que no hay fruta para hacer jugo. Solamente hay una jarra con agua, y una bolsa de manjarblanco en la refrigeradora. Cuando pienso en el manjarblanco automáticamente vienen imágenes a mi cabeza. ¿Qué será de M? me pregunto frunciendo el ceño. M fue un chico que conocí cuando yo tenía 17. Recuerdo un día en especial. Él y yo estábamos sentados en el sillón viendo la película Ratatouille. A mí no me gustaba ir a su casa porque casi nunca nos dejaban solos. Siempre había alguien caminando por la sala, si no era su mamá era la hermana, el perro o el perico. Y ese día no fue muy diferente porque su mamá estaba observándonos desde la cocina. Ella era profesora en un colegio de inicial y no le gustaba que yo fuera enamorada de su hijo. Creía que era una puta porque una vez o quizás dos veces le dejé una marca en el cuello. Yo no sabía que si besabas mucho a alguien se te ponía la piel así. Ese día ella alzó la voz desde la cocina y dijo que le había sobrado manjarblanco porque habían faltado algunos niños de su clase. Preguntó ¿Quieren? Yo la observaba con un ojo y le dije Claro, y con el otro ojo veía la película. Me jodía tener que estar al lado de esa señora. ¿Por qué no se iba?

[Una ilustración de Nicole Rifkin]

Pienso en esa señora y recuerdo el sonido que hacían sus zapatillas cuando caminaba. Sonaban como burbujas de plástico reventando. Por eso me desesperaba su caminar. Se acercó a nosotros y nos invitó un poco de manjarblanco en unas copitas de cristal. A mí no me gusta el manjarblanco, pero le acepté. No quería desairar a la tía. Ella dijo que se iba al parque a correr los veinte minutos que le recomendó el doctor. Me contenté. La vagina me tembló. Él y yo nos quedamos solos, no había nadie en la casa porque su hermana estaba en el instituto. Yo era muy arrecha, no medía mis impulsos. Recuerdo que M me besaba rico el cuello. Y como a una sarta de cohetes me encendía. A mí me gustaba acariciarle la entrepierna por encima del jean. Hacer eso me excitaba un montón, al toque se me humedecía la vagina. En ese tiempo yo era virgen. Me acerqué a él y me puse en cuclillas y le bajé el jean y el boxer. Metí la cabeza de su pene en mi boca, y cuando estaba empezando a chuparla él me la retiró.

—Levántate —me dijo, subiéndose el jean.

—¿No te gusta?

—Sí, pero ahorita no.

—¿Por qué ahorita no?

—Porque mi hermana puede regresar.

[Una ilustración de Nicole Rifkin]

Me levanté del piso, me acomodé el cabello y me senté a su lado. Estaba furiosa. Quería masticar un tenedor y que me doliera. Pero disimulé. Él me miraba de reojo pero no decía nada. Movía la pierna de forma repetitiva, como si tuviera un tic. Dentro de mí yo pensaba Qué huevón que eres. Me jodía, porque yo quería cachar. Entonces él me dijo Oye, tienes que tener paciencia.

Lo miré y recordé a nuestro fallecido alcalde, Alberto Andrade, en ese comercial en el que bajaba del bus y hablaba sobre la construcción de la vía expresa de Javier Prado: Tengan un poquito de paciencia.

¿Qué chucha estaba haciendo yo allí, perdiendo el tiempo?

Se levantó y dijo ¿Dónde hay un papel y un lapicero?

Yo no le respondí, porque estaba molesta y porque ¿qué chucha iba a saber yo, si no era mi casa?

Se fue a su habitación. Escuché que movía cosas. Regresó con un cuaderno y un lapicero rojo y se sentó a mi lado.

—Te voy a explicar algo, ¿ya?

Me dijo eso poniendo una mano sobre mi hombro.

—Claro, todo bien.

Colocó el cuaderno sobre sus piernas. Lo abrió lentamente y buscó una hoja limpia, luego comenzó a dibujar con su lapicero rojo. Dibujó una bolita, dibujó dos palitos que se iban uniendo a la bolita. Yo me sentía confundida. Él había dibujado un pene.

—No puedo tirar— me dijo.

—¿Por qué?

—Porque no te la puedo meter.

—¿Cómo sabes?

M cogió el cuaderno y dibujó un circulito sobre el pene.

—Sigo sin entender— le dije.

Entonces él metió la mano dentro de la manga de su polo, muy avergonzado, y extendió su brazo hacia mí. La manga colgaba como una trompa.

—¿Ves que mi puño está dentro? —me preguntó.

—Sí —respondí.

Seguro puse cara de idiota, no lo sé.

—Tengo que operarme.

Me pareció una mierda. Yo quería irme corriendo en mi skate y olvidarme de todo. Pero me quedé a su lado sobre el sillón acariciándole las orejas, hasta que terminamos de ver Ratatouille.

No hablamos nada más. Nunca tiramos. Nos dejamos de ver a la semana.

Hace unos meses una amiga me contó que lo vio en un paradero esperando su combi.

¿Ya habrá tirado?

Si me encontrara con M, me reiría acordándome de esa vez en su sala, porque  fuimos unos pavazos.

En esas cosas pienso mientras me sobo la espalda y disfruto de mi soledad. Yo sé que debí decirle algo.

Yo debí decirle ¡Qué chucha tu operación, vamos a tirar!

Pero me ganó la cólera.

Si no hay sexo, que se vaya a la mierda todo, pensaba. Le prendo fuego a la casa.

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Rompiendo el Bloqueo es un curso de escritura de cuatro horas. El objetivo es que los alumnos rompan su bloqueo creativo, y que aprendan a reconocer la gran cantidad de historias que ya tienen escritas en su mente.

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.