La Calata Culta Jueves, 8 septiembre 2016

Una guarra un poco nerd

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

 

Ilustración: Conrad Roset

Era de noche, estaba sentada en mi balcón, comiéndome una mandarina sin pepa, con ganas de estar a tu lado. Con ganas de culear. No iba a escribir eso último, pero imaginé que hoy podría ser mi último día. Y también recordé a la escritora Annie Dillard diciendo algo así como ¿Qué escribirías si fueras una princesa maya que sabe que esta noche va a ser arrojada a un volcán? Algo así. Pues yo escribo que tengo ganas de culear contigo y debajo de un árbol.

Hace tiempo que no meto hot dogs a mi vagina. Hace tiempo que no me sentía así, medio perdida. Medio sola. Creí que había crecido. Pero no, fue una ilusión. Caminé hacia mi cuarto tarareando la canción de Los Goonies, encendí el televisor, me recosté sobre la cama, me cubrí con la manta, vi dos capítulos de Clarence. Me reí. Me gusta el personaje de Sumo, me parece un niño loco. Así será mi hijo algún día, pensé y seguí riéndome. Agarré mi celular y vi un WhatsApp de Bupsy de hacía cinco minutos que decía ¡Saturna!

Me daba flojera conversar con ella, pero le respondí.

“¿Qué fue?” le pregunté.

“¿Estabas durmiendo?”

“No, estaba leyendo tapada con la manta” escribí.

“¿Tan temprano? ¿A las 8?”

“No jodas. ¿Regresaste con el chibolo come carne?”

“No, loca. Me siento algo ansiosa.”

“Todos nacemos ansiosos.”

“Me tomé la pastilla del día siguiente.”

“Se habla del tema y tú eres la primera en usarla, ¿no?”

“Ja, ja, sí.”

“No jodas.”

No escribió más. Pensé que se había dormido. También se me ocurrió que había pasado un ratero que le robó el celular.

“Es que él es fan de Harry Potter.”

Eso había escrito ella. Ese había sido su razonamiento. Por eso se lo tiró sin condón. Solo porque el chico era fan de Harry Potter, igual que ella.

Ella y sus historias de mierda.

Escribí “jajaja” y dejé a un lado el celular y me quedé con la sensación de que tenía que salir, tomarme una cerveza, hacer algo para oxigenarme. Ver personas. Llamé a Abel y le pregunté si estaba en su casa. Pero estaba en la calle. Pude escuchar el sonido de las llantas de su skate sobre la pista. Me dijo que llegaba en media hora. Le dije Ya y corté la llamada. Ese Abel, ¿no? Yo me subo a esa vaina y me caigo.

Busqué mis botas bajo la cama pero no las encontré. Entonces sentí una corriente eléctrica subiendo por mi entrepierna hasta mi conchita. Me volvieron las ganas de culear. ¡Y yo, que pensaba que a los 26 años tenía controlado todos mis impulsos sexuales…!

Así que le hablé a mi vagina, le dije Oye nena, ahorita no te puedo tocar, debo salir. Luego me envicio. Por favor, no me insistas.

Ella me dijo Tócame, huevona. La vida es hoy.

Mi plan de vida es ser un adulto responsable, eso quiero pensar, pero mi vagina se calienta y todo se va a la mierda. Así que alcé el volumen de la música, no quiero que ningún vecino sepa que me encanta masturbarme. Terminé viniéndome buenazo porque froté mi clítoris sin parar. Si un marciano me preguntara por qué me gusta tanto masturbarme le diría que es porque luego de cada orgasmo me reseteo y soy una nueva persona.

Estaba a una cuadra del depa de Abel cuando lo llamé. Siempre es así: le digo Baja, ya llegué, porque sé que se demora viendo cuál de sus amigos puede bajar a abrir la puerta, su intercomunicador está malogrado y él vive en un quinto piso.

Ese día bajó H. Él es un amigo de Abel que casi siempre está en su depa, no sé si tenga casa. Me dijo Hola, guapa y me dio un beso en el cachete. Lo saludé y subí rapidito, porque había ido con falda y no quería que me viera el culo. Cuando entré vi a dos personas durmiendo sobre el sillón en ropa interior, una chica y un chico. H desapareció. Fui hacia la cocina y Abel estaba picando cebolla sobre una tabla de madera, con los ojos a punto de llorar. Olía fuerte.

—Hola, Abel —le dije, mientras él echaba la cebolla en un plato usando el cuchillo. Le di un beso en el cachete.

—Hola, Saturna, ¿qué hay? —me dijo, sorbiéndose los mocos.

—¡Cebolla! —dije — Qué vaina tan fea. ¿No has almorzado?

—Sí almorcé, pero la bajada está más fuerte… ¿Por qué no te sacas una cerveza?

Me reí y abrí la refri y apoyé la cerveza sobre el lavadero, y cuando estaba destapándola alcancé a ver cómo Abel llevaba en su mano un tenedor con cortes de cebolla cruda y lo aproximaba a mi boca. Abre, abre, me dijo, y en ese segundo no supe cómo decirle que en verdad no me gusta la cebolla.  No le dije nada porque así soy yo, y abrí la boca.

—Ya, ves, la cebolla es rica.

—Sí.

Abel se comió la cebolla que quedó en el tenedor, me sonrió y yo tragué un poco, no sé por qué.  Luego él se dio la vuelta para buscar el salero. Yo hice unas muecas terribles del asco, creía que iba a vomitar en su cocina. Busqué dentro de mi cartera y encontré un voucher, regresé la cebolla que tenía en la lengua y luego hice una pelotita con el voucher.

Ya vengo, le dije, y fui al baño.

Boté el voucher en el tacho. Abrí el caño del lavadero y me lavé las manos y cuando iba a enjuagarme la boca vi un poco de flema pegada en el lavadero. Primero pensé Eso parece un Pega loco, pero ¿qué haría un Pega loco en el lavadero?

Era un baño de hombres, ¿qué podía esperar? Sentí un gran asco y sentí cómo se movía algo dentro de mí. Entonces, aferrándome al lavadero, la cebolla salió de mi boca junto con un poco de líquido amarillo. Abrí el caño. El lavadero se iba llenando de agua y yo vi cómo flotaban tres rajitas de cebolla,  no era la gran cosa pero no podían quedarse allí y yo no quería tocarlas. Soluciona, Saturna, me dije. Y otra voz me dijo Déjalo así. Si te dicen algo lo niegas todo. No sabía qué hacer. ¿Por qué me pasa esto a mí?

Yo tengo un problema de entusiasmo. Cuando estaba en mi casa deseaba salir. Y ahora que había salido quería regresar. Busqué rápidamente algo con qué desatorar, digamos, algo como un cepillo de dientes y me dije Qué chucha, en la guerra siempre muere alguien. Metí un extremo del cepillo de dientes dentro del sumidero y empujé todos los pedacitos de cebolla por ahí. En ese momento recordé el video que había visto en YouTube esa mañana, era una mujer rubia de unos cincuenta años con una blusa de lentejuelas rosadas y un acento de venezolana. La mujer decía Tauro, hoy tu vida ha cambiado.

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¡Nos vemos en la escuela!

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.