La Calata Culta Sábado, 24 septiembre 2016

¿Cómo me corto esta huevada?

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Ilustración: Phazed

Estoy cepillándome los dientes luego de haber comido cancha chulpi. Escupo espuma verde sobre el lavadero y lleno mi mano de agua. Eso lo hago dos veces, al final tarareo Hands up, baby, hands up, gimme your heart, gimme, gimme your heart, gimme, gimme. Esa canción me pone contenta. La pasta dental de menta es rica. Me observo los dientes en el espejo y pienso ¿cómo se harán los espejos? Luego me echo espuma de afeitar y me paso el afeitador por los dos cachetes. Eso hacemos algunas mujeres cuando tenemos quistes en los ovarios, nos afeitamos, porque tenemos vellosidad. Sigo tarareando esa canción antigua. Y de pronto comienzo a hablarle al espejo como Robert De Niro en Taxi Driver. Con la espuma en mi rostro abro mi corazón y digo Una mierda es desear y yo te deseo a ti. Y tú no estás. Tú no dices “hola”. Ni me abrazas cuando hace frío. Ni me tapas con la colcha. Y yo quisiera que hoy me penetraras. De costadito. De frente. Y por atrás. Me arrechas, huevón. He pensado que mañana te diré para follar. No me importa si me dices “no”. No me importa si tú eres un hombre formal que usa blazer. A ti te follaré detrás de un camión de la basura. ¿Por qué? Porque esa siempre ha sido mi fantasía sexual y luego me iré corriendo. Cierro mi corazón y salgo del baño.

Debo apresurarme. Camino por el pasillo hacia mi habitación para coger mi bolso y mis lentes de sol. Pero frunzo el ceño porque el tiempo no me alcanzó para masturbarme. No importa, pienso. Salgo de la casa y veo a un chico con su perro lobuno en el terreno baldío de al frente. A ese chico ya lo había visto hace meses. Lo recordé y cerré la reja de la urbanización, es un vecino nuevo, anda en short. Lo malo: usa medias con sandalias. Eso me parece un poco feo pero ¿quién no tiene frío, no?  Camino y trato de no pensar en sus sandalias ni en sus medias. A él se le ve despreocupado. Debe tener veinte años. Su cuerpo parece tibio. Seguro es una máquina de follar. Seguro que su perro también folla. Seguro su aliento sabe a manzana guardada. Pero es lindo, no se da cuenta de que tiene un cuerpo bonito. Que podría trabajar en una película porno y yo lo iría a ver.  Lo observo una vez. Lo observo dos veces. Pero nuestros ojos no coinciden. Y eso está bien. Nos alejamos en direcciones contrarias. Él se lleva a su perro jalándolo de la correa y yo sigo mi camino solitario por el pasaje. Y ni él ni su perro sabrán que yo escribí esto pensando en ellos desde un taxi amarillo.

El taxista es un señor de sesentaitantos años, pelado y panzón, con ganas de hablar. Ve que estoy escribiendo en mi celular pero igual me quiere contar su vida. Me dice que el deporte es importante. Yo no le quiero escuchar pero lo hago, dice que de joven fue fisicoculturista. Yo digo ¿Sí? un poco sorprendida porque ya no se nota nada. Entonces él me mira a través del espejo retrovisor y me dice ¿No me cree? Yo le digo Sí, sí, sí. Dice que de joven iba al gimnasio todos los días porque se había templado de una chica de su barrio. Ahí es cuando digo Puta madre y guardo el celular. El señor me sigue hablando y yo no veo la hora de bajarme. Le pregunto si la chica le dio bola o no. Él se ríe y me dice Sí, me dio muchas bolas. Con esa mujer he tenido cuatro hijos, jajaja.

Y cuando me voy a reír, siento que algo me raspa la lengua. Durante cinco segundos me pregunto qué es. Entonces me doy cuenta. Tengo un pedacito de cancha atorado en medio de mis dientes. Con la lengua quiero ayudarme pero no puedo sacarlo. Quizás deba usar mi arete, pienso. Pero ¿si me lastimo?

Me desespero. No quiero que el taxista me vea metiéndome la mano en la boca. Hace una parada en un grifo para llenar gas, me pide que baje. Yo lo hago y le digo que iré al baño. Me siento más tranquila porque sé que ahí me sacaré el pedazo de cancha. Pero la puerta del baño de mujeres está cerrada, así que camino hacia un chico con uniforme anaranjado para que me dé la llave pero él me dice que no la tiene, que entre al de caballeros. Lo observo aterrorizada imaginando cómo debe estar ese wáter. El muchacho sonríe y parece no entender mi drama, mete una mano en el bolsillo de su pantalón y saca monedas que empieza a contar. Yo agacho la mirada y camino hacia ese baño pensando en el sueño que tuve anoche. Anoche soñé que tenía un pene. Recuerdo que entré a un ascensor y llamé por mi celular, le decía a alguien que iba a demorarme. Decía eso y me bajaba el jean porque me picaba cada vez más. En ese momento pude ver cómo un pene salía por el borde de mi calzón blanco. Parecía un hongo alucinógeno alargado. Recuerdo que sentí repulsión al ver esa cosa saliéndome de la entrepierna. Y pensé ¿cómo me corto esta huevada? En el ascensor estaba una señora con una mantilla de tul blanco en la cabeza, me dijo Oiga, no se toque así en público. Yo me quedé callada sin saber qué decirle, la observaba y pensaba Señora, yo no soy de hacer estas cosas, no sabía que tenía un pene.

Me saco el pedazo de cancha frente al espejo y dejo de pensar en aquel sueño. Creo que debería hacer un proyecto de fotos de gente sacándose pedacitos de cancha de la boca. Coloco el pedacito sobre la palma de mi mano para saber qué era lo que me estaba jodiendo, y quiero entender cuál es la señal. ¿Qué puede significar mi sueño? ¿Por qué un pedazo de cancha se me atoró en el diente? ¿Por qué el taxista me cuenta que fue fisicoculturista?

Me miro en el espejo y me doy cuenta de que no me afeité bien, tengo tres pelitos sobre el labio.

Regreso al taxi y antes de que el taxista comience nuevamente a contarme de sus buenas épocas, me pongo mis audífonos y me voy pensando en cómo se hacen los espejos.

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.