La Calata Culta Lunes, 17 octubre 2016

“¿Los hijos te clausuran la sexualidad?” Una conversación con Juan Carlos Cortázar

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Juan Carlos Cortázar es un peruano que vive en Chile, y acaba de publicar su novela Mientras los hijos duermen (Animal de Invierno, 2016). Pocas veces se leen novelas que tratan sobre el amor entre dos hombres que además son padres. Es su cuarto libro, pero el primero que publica en Lima, y está escrito con gran naturalidad. Cuando vi la foto del autor en la contratapa pensé: tipo serio, ojalá se pueda conversar. Quería conocer a la persona detrás de esa historia.

¿Crees que existe una edad para empezar a escribir?

Es curioso, comencé a escribir a los 48 años y a veces me pregunto ¿por qué no sigo haciendo lo que ya sé hacer? (Juan Carlos es sociólogo). Desde el 2010 escribo ficción. Me metí a un taller de escritura, un poco con la voluntad de que fuera un hobby, y se convirtió en una cosa muy central en mi vida. Yo creo que aprender algo te pone en una situación de escucha y de apertura. También te rejuvenece.

¿Cómo así?

Con el tiempo nos acostumbramos a decir Ya no necesito aprender más, esto ya lo sé, y no es así. Siempre se puede aprender de todos. He llevado talleres con gente más joven que yo, que escribe mejor: aprendo y me siento bien.

¿Cómo has estado estos días en Lima?

Bien, contento, ayer estuve en RPP, en Correo, y ahora a las 2 p. m. tengo una entrevista con El Buen Librero.

¿Y te gusta ser entrevistado?

Me cuesta un poco, pero sé que hay que hacerlo. Hay que mover el libro. Ya cuando se hace la presentación en público… no me desagrada. Me gusta conversar, porque creo que cuando uno escribe no tiene tantas probabilidades de tener un retorno. Un actor de teatro ve las reacciones del público en ese instante. Pero cuando es escritura no tienes un retorno, la gente no te dice Oye, pienso esto de tu libro.

 

¿Cómo se te ocurrió escribir esta novela?

Me nació de una incomodidad. Hay esta realidad de hombres maduros que se dan cuenta de cuál es su orientación sexual y la asumen. “Salen del closet”, como se dice. Y hay un discurso muy positivo, de Ay, qué valiente. Y a mí eso me incomodaba: yo no creo que sea así, no todo es ganancia, hay costos para el entorno y para la persona que sale del clóset. En estos temas no hay soluciones fáciles. No hay blanco y negro. Y uno sale del clóset como puede. Y toma las decisiones que puede, porque uno no tiene un plano claro de cómo será la vida. Uno no dice Ah, bueno, mañana se lo digo a mi hermana, no es así.

¿Y qué pasa con los hijos?

Imaginémoslo así: una pareja casada, hombre y mujer, tienen hijos adolescentes. De repente, porque les gusta, porque quieren, empiezan a ir a fiestas de swingers. La reacción de la gente sería ¡Pero qué horror! ¡Qué desgraciados! Yo me pregunto ¿Los hijos te clausuran la sexualidad?

¿Por eso el título de tu libro? ¿Las cosas suceden “Cuando los hijos duermen”?

El título salió al final, me costó mucho, pero en general me han dicho que está bueno, que es sugerente. Sugiere que hay un lado B. Los personajes tienen que estar juntos cuando los hijos no están, y de hecho ocurren cosas cuando duermen. Y creo que tiene que ver con esta idea (que no solo pasa en la comunidad LGTB, también pasa en el mundo hetero) de que nuestra sexualidad es algo que tenemos que esconder, que los hijos no pueden ni intuir.

¿Qué es lo que más has disfrutado escribiendo esta novela?

Fue una oportunidad para aprender a escribir un poco mejor. Me dediqué a desarrollar lo que no se dice, lo que se sugiere…

En tu novela encuentro detalles y observaciones…

Poner detalles es algo que aprendí en este taller: los detalles dan consistencia, volumen, verosimilitud, ¿no? Eso no significa tener una descripción muy pesada, pero hay detalles que son singulares, que te crean el personaje.

–Vaya. Debe ser complicado vivir así ­­–dijo con la mayor neutralidad que pudo, tratando de mantener sus palabras con rienda corta.

César contestó que no era tan difícil como parecía. Su esposa era una cirujana muy reputada, con la agenda diaria repleta y el celular abierto en todo momento, por las emergencias. Adrián se extrañó con la respuesta: no era esa complicación, la de armar engaños, a la que se había referido.

–Yo no podría, soy malo mintiendo –dijo y al instante se arrepintió de haber usado esa palabra.

–No es cosa de mentir, al menos no abiertamente –le corrigió César, las cejas arrugadas de nuevo–, basta con ser reservado.

Mientras escuchaba a César explicar qué era eso de ser reservado –perfiles sin cara en páginas web, la computadora siempre con clave nueva, control de los detalles y gran variedad de coartadas a mano–, Adrián se esforzó por mantener los ojos en cualquier parte –el vaso, las fotos, los camareros–, por fingir interés en algún blues.

–¿Vas a seguir así?, se le escapó la pregunta.

 

¿Cómo haces al momento de escribir los diálogos?

Lo que un profesor mío llamaba “dentro y fuera”. Es decir, no es solamente lo que dice uno y luego el otro, sino que vas interviniendo: en el medio hay sensaciones, miradas, contexto, gente que pasa, ruido. Eso crea un efecto tipo cámara. Escuchar es bueno. Es una forma de observar, pero con el oído.

Hay mucha intimidad, no sentí párrafos de relleno.

Yo creo que en narrativa todo tiene que contribuir a generar movimiento o atmósfera, porque si no el lector se siente timado.

Por momentos sentí como si estuviera dentro de la cabeza de Adrián.

Inicialmente lo escribí en primera persona y en presente. Y cuando tenía escritas unas páginas, el escritor Leopoldo Brizuela me dijo ¿Por qué no lo haces en tercera persona y en pasado? Lo hice y me comenzó a gustar, le descubrí muchas vetas a la tercera persona, me permitía trabajar más la gestualidad. Es lo que llamo un “narrador en el hombro”.

¿Cómo describirías tu ritmo?

Pausado, aunque con aceleraciones. Por ejemplo, en este libro usé guiones para los diálogos. Dan más aire, más silencio.

¿Editas mucho lo que escribes?

Generalmente escribo en computador: tengo la ventaja de que en mi colegio me enseñaron mecanografía, entonces puedo mirar directamente la pantalla y escribir rápido. Suelo escribir de un tirón. Luego corrijo, que es una actividad que me gusta mucho. De chico aprendí a hacer cerámica con mi mamá: aprendí que, como en cualquier trabajo de arte manual, la corrección literaria es darle forma perfecta a un bulto. Y cuando el libro llega a la editorial tú ya lo has cerrado. “Cerrado”, entre comillas, porque nunca se cierra. Uno publica el proyecto anterior. En mi caso, fui leyendo las correcciones e incorporando las sugerencias de Leonardo Dolores y Luis Zúñiga (editores de Animal de Invierno).

¿Te cuesta mucho aceptar los cambios que te sugieren?

Habría que preguntarles a ellos, ja, ja, ja. Trato de escuchar y ser adaptativo: en general, trato de escuchar. Luego me callo y pienso en lo que voy a decir. No digo “no” de frente. Siempre hago el intento.

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.