La Calata Culta Sábado, 29 octubre 2016

Ella también había nacido en 1990

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Terminé de comer mi marciano de fresa y me levanté del sillón, tenía que botar la bolsita de plástico. Caminé por el pasillo del departamento diciendo Por qué chucha apareces en mi mente, huevón. En la radio estaba sonando la canción Uptown Funk de Bruno Mars y me fui a la cocina bailando y dejé la bolsita dentro de un vaso y pensé: Este día será de la conchesumare. Entré a mi habitación, eran las 10:30 a.m. y me senté al borde de la cama, encendí un cigarro y me pusé a leer a Fonollosa en la laptop. Me sentía desdichada y al mismo tiempo me estaba riendo. Quería agarrar a chancletazos a ese chico que ocupaba espacio en mi mente. ¿Por qué no viene por mí? ¿Por qué no me folla? Luego puede irse y no importa si no se despide. Hoy no quiero cariño. Todo eso pensé y Bupsy me llamó al celular y me dijo que se estaba tatuando una mariposa en el brazo, quería que vaya a tomarle fotos. Yo le dije Pichula, huevona. La última vez que te acompañé fue todo el día. No puedo. Llámale a tu gil. Hubo una pausa y escuché que Bupsy dijo ¡Ay! Respiró fuerte. Luego preguntó ¿Qué haces?, con su tonito de mandona. Me hago bolita sobre este colchón viejo, le dije, sin esperar que me entendiera. No seas cojuda y ven, luego nos vamos a la calle Berlín por unas coronitas, respondió, bajando la voz. No, Bupsy, chau y corté la llamada. Antes le hubiera aceptado la salida, pero en ese momento me sentía hasta las huevas, porque me había ilusionado con este chico. Además, tenía muchas cervezas en la refrigeradora. Me puse a pensar en mi amiga Any. Any es una chica que conocí en un instituto de fotografía cuando yo tenía veinte años. ¿Y por qué pensaba en ella? No sé. A ella también le gustaban los Power Rangers. Cuando estábamos juntas nada malo me sucedía. Éramos de la misma edad, ella también había nacido en 1990, las dos usábamos trenzas, incluso algunos creían que éramos hermanas. Any era súper chancona, siempre hacíamos los trabajos juntas, y tomábamos las mejores fotos del salón. A veces se quedaba a dormir en mi casa y al día siguiente su mamá venía a recogernos y nos llevaba al instituto. La señora era policía y cuando yo la veía sonriente le decía A ver, puede poner su sirena y la tía decía Ya. Me encantaba que hiciera eso. Zium zium zium… sonaba la sirena, los carros se hacían para un costado y nosotras pasábamos más rápido que los demás, yo me sentía importante. Creo que su mamá estaba más locaza que yo y nos íbamos a toda velocidad hasta 28 de Julio. A Any no parecían importarle esas cosas, ella solo jugaba con su pinball. A mí me gustaba la adrenalina. Todo era felicidad, pero una noche Any salió a comprar una salchipapa al mercado y conoció al que sería el padre de sus hijos. El chico se llamaba Daniel y no era de la zona. Any se enamoró de un chico feo y sinvergüenza. Él era chofer de una combi celeste. Any dejó sus estudios por un chico feo que conoció en su barrio y tuvo tres hijos. Siempre me pregunté ¿Any no sabrá que existen los condones? Y a pesar de que ese chico le sacaba la vuelta a cada rato, se casó con él. A veces yo imaginaba a Any llevando a sus hijitos al hospital y en algún momento el doctor le preguntaba Señora, ¿a qué se dedica su esposo? ¿Y ella qué iba a decir? ¿Chofer de una combi celeste? Any no pensó nada y por eso se metió con ese huevón, encima fujimorista y borracho. No fui a su matrimonio, estaba en La Merced comiéndome un tamalito en el mercado, tampoco quería ir. No me perdí de mucho. Y como la mayoría de parejas jóvenes, se divorciaron a los tres años, y él se fue a los EE.UU. Metí la mano dentro de mi bolso y busqué mi celular, no lo encontraba, mi virtud: el orden. Y por treinta segundos me contenté de no haberme casado, Seguro ya estaría divorciada, pensé observando una telaraña en la bisagra de la puerta. Encontré el celular en el bolso, se había metido dentro de mi gorra. Abrí la aplicación de Uber y estuve a punto de escribir la dirección de Any, pero antes le envié un mensaje y le pregunté si estaba en su casa, no quería ir por las huevas hasta Magdalena. Aunque sé que Any siempre está en su casa y siempre tiene algo para tomar. A los pocos minutos me respondió por el WhatsApp, me dijo ¡Sí, ven! Ingresé la dirección y apareció un mensaje en la pantalla del celular diciendo que en 3 minutos llegaba el taxi. Me coloqué las botas, abrí mi closet y busqué mi polera rosada, me la puse y agarré mis lentes de sol. Cerré la puerta y bajé a esperar al taxi en la recepción. En ese momento me di cuenta de que tenía que cortarme las puntas del cabello. Se veían horquilladas y nunca falta una chica diciéndome Ay, tus puntas están horquilladas, ja, ja, ja. Recordé que Any era peluquera, quizás ella me podría cortar. Llegó el taxi, era un Hyundai gris con los aros negros, un tal Maycol me llevaría a la casa de Any. Ya había un pasajero dentro, era un señor de pelo blanco, lo saludé en voz baja. Imaginé a Any con su escoba, Debe barrer mucho pelo, pensé. Seguro a veces sueña que una bola de pelo gigante entra en su casa. Yo soñaría eso si fuera peluquera.

¡Ay, Any, hace poquito teníamos veinte años! Recuerdo que comíamos pan con pollo afuera del instituto. Pero ahora Any es vegetariana. Lo sé porque he visto en Facebook las fotos de sus animales, no sé cómo hace para criar a esos animales en Magdalena. Any es una de esas personas que ya no abundan. Es tranquila, buena y se ríe mucho, aunque tenga esos tres hijos cargosos. Llegué a su casa, empujé una reja, caminé unos cinco pasos y toqué su intercomunicador. En la entrada había tres macetas con geranios rosados y un felpudo violeta que decía Bienvenidos. Hacía cinco años que no iba a su casa. Any se demoró en abrir la puerta, Seguro está escondiendo la caca de sus hijos, pensé.

¿Quién? ¿Quién es? Era la voz de Any, me emocioné, era ella, abrió la puerta y nos abrazamos, como antes. Siempre con su sonrisa, me dijo Pasa, pasa, siéntate, mis hijos no están. Ay, qué bueno, le dije colocando una mano en mi pecho en señal de ¡Ay, qué alivio! Any sonrió y me pregunto cómo me había ido. Bien, bien, aún no me sé el abecedario, pero me va bien, le respondí. Any se rió a carcajadas y le vi sus dientes de conejo. Ella se levantó de su asiento y me dijo que a esa hora le daba la comida a sus animales. Me pidió que la acompañe al patio, caminé detrás de ella por una sala llena de juguetes. Su piso era de mayólica color beige, el lugar se veía limpio. Me fijé que tenía matrioskas en sus estantes y había dos baldes con legos en el piso. Afuera vi a sus gallinas y patos. Eran muy bonitos. Me gustó la mirada del pato, como desafiante, como diciendo ¿Quién eres tú? ¿Por qué le hablas a la Any? Sus animales estaban sueltos en el patio. En ese momento me di cuenta de que valió la pena salir de la casa. Era temprano y algunos rayos de sol se filtraban por la calamina, me gustaba la casa de Any. Ella abrió una botella de vino y me dijo que se la regalaron en el colegio de su hijo. Por el día del padre, su criatura, el mayor, se disfrazó de Don José de San Martín. ¿Y el papá sigue en Estados Unidos? Sí, se volvió evangélico, y ya no nos manda plata. ¿Y sales con alguien? Sí, con un chico, se llama Oswaldo. ¿Y qué tal con él? Me chupa los dedos del pie antes de dormir. Eso me gusta. ¿Y quiere a tus hijos? A su manera los quiere, no los jode. Algunos estudian y son felices, yo soy feliz siendo mamá.

Me pregunté si yo también sería una mamá contenta… Any bebió de la botella de vino y me la dio, ¿No hay copas? le pregunté, y ella dijo No, no hay. ¿En serio? volví a preguntar. Todas se han roto, dijo ella y sonrió agachando la mirada. Ya no pregunté más y el vino pasó rápido por mi garganta. Any se acomodó la falda y señaló con su dedo índice la sábila. ¿Qué? le dije, sin entenderla. Anda, mira la sábila me dijo, contenta. Por un segundo pensé Es una trampa y me va a usar de alimento para sus animales, pero me agaché a ver la sábila. Observé bien y vi dos nombres escritos, decía Any y Oswaldo. ¿Es en serio? ¿En la sábila? La ha lastimado. ¿No te gusta? preguntó Any con su rostro de preocupación. No sé, han escrito sobre una planta, alguien ha sufrido acá, muy mal, muy mal. Ay, ya no exageres, él solo estaba esperándome y no sabía qué hacer, los niños no se dormían y él escribió nuestros nombres en la sábila, es romántico dijo ella. ¿No sabía qué hacer? Se hubiera puesto a barrer y listo, dije y bebí de la botella.

Luego le conté que a mí también me gustaba alguien. Any se rio y una gallina me picoteó el zapato izquierdo. ¿Sabes? dije, a mí él no me engaña, quiere parecer serio, pero es perverso. Es como yo, pero de otra generación. Ah, es mayor que tú, dijo Any en un tono de desconfianza. Sí, catorce años mayor, le respondí rápidamente. Pasó una avioneta por encima de nosotras y a mí me dio frío. Any dijo Ay, no, muy viejo. Y lo dijo muy segura, mirando la caca de sus gallinas. Me reí, era imposible no reírse con las cosas que decía Any. Pero ¿qué sabía ella del amor? Entramos a su sala y le conté que pensaba enviarle una carta. ¿A quién? preguntó ella, eso sí pareció interesarle. Al chico que me gusta, dije en tono de obviedad. Solo escribiría con un lapicero de tinta rosada “Me gustas, conchetumare”.

—¿Qué te parece?

—¡Qué linda!

—¿No es cierto?

—Si alguien me escribe eso me caigo de la felicidad.

—Pero no lo voy a hacer.

—¿No? ¿Por qué?

—No, ¿él qué va a pensar de mí?

Sonó el intercomunicador y Any salió a ver por la ventana. Mi pregunta se quedó perdida en el aire. Yo me quedé sentada sobre su sillón y sentí que algo me picó en la pantorrilla. Me rasqué, escuché que ella dijo ¿Pero tiene que ser ahora? y a mí se me antojó un sorbo de Coca Cola helada, de pronto ya no quería seguir ni un minuto más en ese lugar. Levanté mi culo gordo del sillón. Any se dio cuenta de que ya me iba, era obvio, estaba con mi bolso en el hombro, ella se disculpó por la interrupción y por la pulga. Yo me reí y le dije Ah, te diste cuenta. Me contó que una vieja clienta suya quería que le hiciera una iluminación, asentí con la cabeza. Yo le dije que mi visita era rápida, observando mi reloj. Le di un beso en el cachete, en ese momento me di cuenta de que Any seguía usando ese perfume barato llamado You. Eso me hizo sentir nuevamente de veinte años. Mmm, qué rico hueles, le dije. Y pensé en mi perfume Valentino, tan rico, tan caro, pero no me recuerda esos besos en el callejón, con lengua, con vergüenza. Luego nos llamamos, dijo Any. Claro, le dije yo.

Salí de su casa contenta, a lo lejos ella me gritó ¡Olvídate de ese tío!

Esa Any, pensé.

Me sentía con mucha energía. Agradecida de que mi vida no fuera como la suya.

Tenía ganas de masturbarme.

De decir lo que siento.

De escribir.

Y pensaba en esa frase de Andy Warhol: Un día te despiertas y eres otra persona.

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.