La Calata Culta Viernes, 16 diciembre 2016

Inicia así y acaba así

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.
instagram @adamscarvalho

Adams Carvalho

Escuché a alguien gritar. Era una voz aguda de mujer. Al inicio no hice caso. Dije Bueno, a veces la gente grita. Yo estaba en mi habitación cortándome las uñas del pie. Pero los gritos iban aumentando y me pareció escuchar mi apellido, decían García. Bajé el volumen de la laptop. Me levanté del colchón y apoyé mi oído izquierdo en la puerta, porque con el oído derecho no escucho bien. Creo que antes sí escuchaba bien, pero a los 11 años mi primo Gustavo me golpeó con un bastón de plástico en el lado derecho de la cara. Me dolió como mierda. Caí sobre el jardín de mi abuelita. Recuerdo que esa noche era Halloween y él estaba muy molesto porque no le dieron caramelos. Y creo que ahí se me fue la audición. Por la culpa de unos caramelos.

La voz ahora decía mi nombre y apellido. Lo primero que pensé fue Yo no he atropellado a nadie, así que a mi casa no puede llegar ningún familiar de ningún muerto. Me puse las medias, me subí el short y me coloqué las gafas. No sabía con quién iba a hablar, tenía que parecer seria.

Antes de cerrar la puerta de mi habitación vi mis vellos púbicos sobre la cómoda. No me había alcanzado el tiempo para echarlos al tacho. Hace días están ahí pero no se vuelan, no entiendo por qué. Eso solo puede ser un milagro divino, no dudaría que fuera obra de Marcelino Champagnat. Los dejé ahí, dije Pucha y corrí por el pasillo abotonándome el short. Mientras corría me preguntaba ¿Quién será? ¿Por qué grita?

Y salí por el balcón, era mi amiga Bupsy. ¡Y yo, pensando que era la policía!

La puta madre, pensé.

Ella apareció vestida con su buzo verde de rayitas y sus zapatillas blancas. Se le veía feliz a la cachetona. Y a su lado estaba el vigilante, el señor Jonaz.

Dije Ay y con las manos me llevé el cabello detrás de las orejas, imaginando todo lo que seguramente habían estado conversando.

—Esta señorita hace rato está gritando, ¿no escucha? —me dijo el señor Jonaz, un poco alterado. Su voz era como la de Joaquín Sabina pero con un resfrío. A Bupsy se le veía sonriente como Kung Fu Panda.

—Recién escucho, por eso salgo —le dije.

—¿Cuándo va a arreglar su intercomunicador? —me preguntó él.

Quise decirle Nunca, viejo culiao.

—Estos días, señor.

Por dentro pensaba Todo por culpa de esta Bupsy. ¿Por qué chucha tiene que venir? ¿No tiene otras amigas?

—¡Estos días! —escuché que dijo entre dientes él.

—¡Gracias! —le dije y le hice chau con la mano. Bupsy seguía esperando que le abriera la reja.

—Ya, otro día no grite muy fuerte —le dijo a ella y se subió a su bicicletita azul y se fue.

En ese momento me di cuenta de que el señor Jonaz seguía usando la misma bicicleta desde hacía ocho años. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me emborraché con mis amigos del barrio en la fiesta de un vecino. Terminé manejando la bicicleta del vigilante. Todos gritaban Se va a caer, agárrenla, está borracha. Pero no me caí. Esa bicicross BH era poderosa. Moví mi cabeza de lado a lado porque a veces recordar impresiona y solo atiné a gritar Otro día llama antes de venir, Bupsy.

—Ya, abre nomás —me dijo esa chiquilla mandona desde el primer piso.

—No voy a bajar —le dije, pero sabía que tenía que abrirle la puerta a esa antipática. No sé por qué tengo amigas antipáticas. ¿Yo seré antipática? me pregunté y recordé a todas las chicas antipáticas que he conocido y he dejado de frecuentar. Pero sigo soportando a Bupsy.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Te voy a tirar las llaves —le dije y entré en la sala.

—Ya.

No sabía en qué envolverle las llaves. Pero sí sabía que no quería bajar los cuatro pisos mal vestida. Así que se me ocurrió tirarle las llaves dentro de mi media. Me la quité y antes de meter las llaves dentro la olí, exhalé hasta el fondo. Aún olía a suavizante.

—Bupsy, muévete para un lado —le dije.

—Ya —me dijo ella y se movió para un lado.

Lancé la media con las llaves y me metí. Cerré la puerta del balcón. Era mucha luz para mí. Ese sol de las 4 de la tarde me cegaba. Bupsy entró al departamento y dejó la media con las llaves sobre la mesa y me dio un besito.

—Hola, debes avisar antes de venir —le dije y le di otro besito en el cachete.

—Pensé que estarías, como en el tiempo del colegio—me dijo ella alzándose de hombros.

—Quítate los zapatos. Ya no estamos en el tiempo del colegio, loca —le dije.

—Ya, oye, qué jodida te has vuelto, eres como tu vigilante.

Y se quitó sus zapatillas blancas.

—¿En serio? ¿Un viejo verde?

—Ja ja ja, no en eso. En lugar de llamarse Villa Alegre tu barrio debería llamarse Villa Renegones.

Me reí. Bupsy siempre me hacía reír.

—He traído ron… ¿o ya no tomas ron? —me preguntó, cerrando un ojo.

—Sí tomo ron.

Bupsy entró al baño.

Yo fui a la cocina a cortar dos limones, pensando que no debería estresarme tanto con la idea de huevear un rato con una amiga. Pero me estresaba. Ella salió del baño y yo le dije Bupsy, vamos a mi cuarto. Ella asintió con su pequeña cabeza cuadrada y me siguió, también dijo que otro día llamaría antes. Cogí los limones cortados y saqué la botella de Pepsi del refrigerador. Le dije Bupsy, no te preocupes, tú siempre eres bienvenida. Ella me siguió y apenas entró al cuarto se dio cuenta de los vellos púbicos sobre la cómoda.

—¿Es una especie de cábala? —me preguntó y yo sonreí con su comentario.

—Sí —le dije.

Nos sentamos al borde del colchón.

—¿Aún no te compras una cama?

—No, creo que me gusta dormir en el piso.

Encendí la televisión y estaba en el canal 7. Antes de cambiar de canal, porque no encontraba el control remoto del cable, escuché a Galarreta decir que el fujimorismo luchará contra la corrupción y me reí. ¿Quién te va a creer, huevón? le grité al televisor. ¡Si ustedes son los corruptos! Yo te escupo por mentiroso, por robarle al país. Encontré el control remoto y puse MTV y me pasé la mano derecha por debajo de la nariz, estaba sudando. Bupsy abrió el Cartavio y lo echó en dos vasos de Pilsen. Ella me dijo Ya estás tía, reniegas por política. Pero ¿a ti no te importa? le pregunté. No sé, dijo ella. No pienso en eso, se excusó.

Bupsy se rió mientras echaba el ron. Ella aún era una guagua loca. ¿Por qué te ríes? le pregunté. No entendía su risa. De tus vasos, dijo ella. Parecen del Superba dijo, observándome fijamente.

—¿Limón? —pregunté antes de exprimirlo sobre su vaso. Bupsy hacía que se me pase la cólera.

—Espera —me dijo.  —Quiero contarte algo. Vengo de hacer un trío.

Sus ojos brillaban como dos meteoritos.

—¿Con quiénes? —le pregunté.

—¿Te acuerdas de Alejo? —dijo ella enseguida.

—¿Con Alejo? —le dije, entrecerrando los ojos.

—Y con Ana —dijo ella.

Lo dijo contenta, orgullosa de haber intercambiado sus fluidos vaginales con esa huesuda. Ana era enamorada de Alejo. A mí ellos no me gustaban. Alejo era muy lampiño. A él lo imaginaba con un pene delgado. Y ella me recordaba a Gollum, del Señor de los anillos.

—¿Y te gustó? —le pregunté, bebiendo mi ron con Pepsi.

—Sí, claro, me gustó, tiene cuerpo como de oriental.

—¿Ah, sí? —pregunté con desconfianza.

—Sí, dijo ella. —Me gusta porque no tiene pelo en el pecho.

—Aj —dije yo sin darme cuenta.

—Ja ja ja, y me gustó el olor de Ana.

—¿A qué olía?

—A Play-doh.

—¿Por qué?

—Dice que trabaja en un colegio con niños especiales.

—¡Oh, manya! —le dije, sacándome la otra media.

—Pero la parte jodida fue cuando Alejo nos pidió que le besáramos el culo —dijo Bupsy.

Me gusta escuchar las aventuras sexuales de Bupsy, aunque me den asco.

—¿Y lo hiciste?

—Claro que lo hice, en ese momento no hay “no, no quiero” —dijo mi amiga, la puta. Y yo la abracé al ratito, porque me dio ternura. Porque me recordó a mí. Porque me hace reír.

—¿Tú qué hacías? —me preguntó.

—Veía dibujitos y no lamía culos.

~

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.