La Calata Culta Jueves, 19 enero 2017

Fue un beso muy breve

La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.

Ilustración: Nes Vuckovic

En el 2004 conocí a un chico en el colegio. Me gustaba mucho. Era menor que yo por dos años, se llamaba José Espíritu. Él estaba en primero de secundaria, recuerdo que a veces yo iba a su salón y me sentaba en su carpeta y decía bajito Aquí se sienta el chico que me gusta. Una vez revisé su cuaderno de literatura y vi que le gustaba jugar michi. Su letra no me gustó, parecía la de un niño aprendiendo a escribir. Yo no sabía nada de las relaciones de pareja. No sabía nada de hombres. Así que un día en el baño del colegio le conté a mi amiga Majo que José Espíritu me gustaba. Y se lo conté porque sabía que su enamorado era amigo de José Espíritu. Ella se rio y me dijo ¿Ese chibolo huevón te gusta?

Hasta ahora recuerdo ese momento. Nuestros uniformes verdes, la falda hasta la rodilla, los rayos del sol entrando por el tragaluz. El olor a desinfectante barato. Porque el baño de mi colegio era pequeño pero limpio. Majo también era pequeña pero su risa era fuerte. Se reía como un enfermo mental descubriendo algo. También recuerdo mi ansiedad, mi sudor en los pies por culpa de las medias gruesas. A mí nunca me gustó el colegio. Siempre quería que ya fuera la salida, para quizás encontrarme con José en la escalera o en el patio o para que sus amigos nos molestaran diciendo ¡Saturna y José! ¡Saturna y José! Y por fin poder conocernos, preguntarnos nuestros nombres. Yo lo veía de lejos y decía en voz bajita Quiero besarte, huevón.

Un sábado tuve un plan. Nada grandioso. No quería quedarme en mi casa viendo Cinescape. Yo iba a ir a la casa de Majo, luego iríamos a la casa de Mariano a comer hamburguesas. Luego le pediría a Mariano que llame a José, porque vivían en la misma cuadra. Todo sonaba bien, el plan perfecto. Llamé a Majo y aceptó, porque los sábados estaba libre.

Fui a su casa.

Me dio un beso en la mejilla y me susurró al oído Mis papás no están. Se dio media vuelta y me dijo Pasa. Su casa olía a ajo y a mí no me gusta el ajo. Me miró y me dijo ¿Huele fuerte, no?

Me pidió que la acompañara a la habitación de sus papás, me pareció raro. Lo primero que pensé fue ¿Majo querrá besarme? Dejé mi mochila sobre el sillón y caminé detrás de ella por un pasillo angosto. Majo era culona, me gustaba verla caminar. Volteó a mirarme con el rabillo del ojo y me dijo que sabía dónde su viejo guardaba las películas porno.

—¿Veremos porno? —le pregunté. Quise decirle Hace tiempo no veo porno.

—Con ellos —dijo, y yo sonreí.

La acompañé hasta la habitación, el piso estaba alfombrado. Sobre la cabecera de la cama había una foto en blanco y negro de una mujer desnuda, con un coco en la mano, mostrando los pechos al borde de una piscina. Me senté en la cama y le pregunté a Majo ¿Quién es esa mujer?

Mi mamá cuando era joven, me dijo, mientras buscaba dentro del clóset. Sacó una caja de zapatos Cat y me guiñó un ojo.

—Viendo esto los chicos se sueltan —agregó, sacando un DVD de la caja. Me lo mostró, no tenía etiqueta. Luego guardó la caja en el clóset y salió de la habitación. No le dije nada. La observé irse y me pregunté ¿Así habrá sido su mamá? ¿Así serán las mujeres? ¿Así tendré que ser yo?

Fuimos a su sala. Me senté en un sillón de flores amarillas y desde la cocina ella me preguntó ¿Coca Cola o Canada Dry? Sentadas en el sillón tomábamos las gaseosas mientras veíamos MTV. Luego Majo dijo que era hora de salir. Apagó el televisor y yo le pregunté ¿Dónde está tu baño?

El baño también olía a ajo. Apreté el Glade Toque y levanté la tapa del wáter, me bajé el calzón y me senté. Mi pichi también estaba nerviosa. No quería salir. Me froté la vagina y me estimulé. Escuché que el celular de Majo sonó y me apresuré en orinar.

Caminamos tres cuadras.

Ella dijo ¿Y si compramos unos cigarros?

—Yo no sé fumar —dije.

—Ahora te enseño, pero cómpralos tú en la bodega. A ti te van a vender porque te ves mayor.

El vendedor estaba sentado sobre una perezosa blanca, era un chibolo con acné. Al verme se levantó, tenía puesto un polo de Condorito en Cancún, eso me dio confianza. ¿Qué va a llevar? me preguntó, poniéndose tras el mostrador. Le pedí cinco panes. Caminó hacia un extremo de la tienda, abrió un costal y al rato escuché cómo los panes iban cayendo dentro de una bolsa.

Tenga, me dijo, extendiéndome la bolsa. En ese momento, observándole un grano verde en la mejilla solté:

—¡Ah, dos cigarros también!

Él me miró y me preguntó:

—¿Qué marca?

—¡Qué cargoso es mi tío, no se puede comprar sus cigarros él mismo! —le dije al chico—. Creo que me dijo mentolados.

El chico me sonrió y me dijo Así son los tíos.

Le di los cigarros a Majo y el pan lo guardé en mi bolso. Ella se contentó. Me dijo Gracias, hace días que no fumo. Le pregunté ¿Tienes con qué encender? y ella me mostró un encendedor de las tortugas ninja que se sacó de debajo del brasiere. Luego me dijo Mira, así es fumar, prendes por acá y aspiras por acá.

No me pareció complicado. Sin embargo, apenas puse el cigarro en la boca me supo amargo. Aspiré el humo y lo eché por la nariz. Sentí el mentol. Me ardió como mierda pero me sentía bacán haciendo eso.

—Así no hagas, es por la boca —dijo Majo.

—Yo pensé que era así. Así hizo Gael García en Amores perros.

Aspiré nuevamente y esta vez hice como me dijo ella, eché el humo por la boca.

No me gustó. Me atoré.

Ella decía Así es, así es.

—Es como estar borracha —le dije.

—Es porque estás golpeando —me dijo.

Eran las 5 de la tarde y caminábamos por el borde de la pista de la calle Universo, conversando sobre chicos del colegio y tiendas de brasieres push up. La casa de Mariano quedaba en Chorrillos, por la Escuela de Policía. Cuando íbamos a cruzar Guardia Civil Sur vimos a Luchito del otro lado, parado junto a su bicicleta oxidada, comprándole un marciano a un ambulante. Luchito era un amigo de nuestro colegio.

Nos saludamos de lejos.

—¿Vives por acá? —le pregunté, alzando la voz.

—¡Sí, a dos cuadras! —dijo, balanceándose sobre su bicicleta y sosteniendo el marciano con una mano. Luego le dio una mordida y escupió un pedacito de plástico.

—¡Iremos a Bembos con Mariano! —gritó Majo.

—¡Ah, ya, qué rico, que el gordo no coma mucho nomás! —dijo y se fue riendo, pedaleando fuerte y llevando su marciano en una mano.

Miré a Majo.

—¿A qué gordo se refiere? ¿Le dice así a Mariano?

—Sí, desde la yincana ese chato de mierda le dice gordo a Mariano.

—No me había dado cuenta que Mariano estaba gordo.

Seguimos caminando mientras oscurecía. De pronto Majo se detuvo en medio de la vereda y dijo Acá es.

—¿Acá? —le pregunté, un poco sorprendida. La casa de Mariano era un portón negro de metal.

—Es bien grande su casa, ¿no?

—Es una maderera.

Majo lo llamó al celular pero él no le contestó. Ella timbró de nuevo, vi que empezó a desesperarse.

—¿Con quién estará este gordo de mierda? —dijo entre dientes, con el celular en la oreja. Seguía timbrando.

—¿Tú también le dices gordo?

—Le digo así cuando no me contesta el celular.

—¿Desde cuándo están?

—Desde hace un año y medio.

—¿Y qué tal es tener enamorado, ah?

—Ja, ja, ja.

—¿Por qué te ríes?

—Tu pregunta me da risa. Es como si me preguntaras Oye, ¿qué tal con ese nuevo detergente?

Marcó de nuevo y esperó.

—Pinche gordo —dijo, mirando la pantalla de su celular.

—¿Qué pasó?

—Ahora suena apagado.

—¿Y por qué no tocas el timbre?

—Porque no funciona.

—¿Y por qué no gritas MARIAAANO?

—Porque me da roche.

—Hay que sentarnos por allá —le dije, señalando un letrero sobre el pasto, que decía CHORRILLOS.

Esperamos media hora. Me sentía molesta. Pensaba en el tiempo que había invertido. Eran las 7 y estábamos con sed, con ganas de ir a orinar. Majo quería ir a cambiarse la toalla higiénica. Nos pusimos a contar carros. Donde estábamos era una curva y pasaban a velocidad. Creo que conté 15 carros rojos, 3 amarillos y 2 celestes. Nos reíamos como dos drogadictas sin droga pensando en cómo se lo contaríamos luego a las chicas del salón. Por momentos Majo se apoyaba en el letrero que decía CHORRILLOS y gritaba ¡SOY LA REINA MONA Y HE VENIDO A CONQUISTAR LA TIERRA CON MI CULO! Ya ni me acuerdo por qué decía eso. Creo que lo habíamos visto en una película y nos gustó mucho.

Me levanté de un salto y le dije a Majo ¡Qué chucha Mariano! Señalé hacia la casa que estaba más allá y le pregunté Ahí vive José, ¿no?

—¡Sí! —dijo ella.

—¡Entonces vamos, le tocamos y a ver qué dice!

—¿Estás segura?

—¡Sí, yo no voy a venir por las huevas!

Era una casa de dos pisos, y parecía que no la habían pintado hace mucho. En el garaje había un letrero que decía SE ALQUILA. Toqué el timbre y al rato salió su hermano, creo que era su hermano. Era parecido a José pero más grande, tenía barba. Me dijo que José estaba haciendo su tarea y que no podía salir. Cerró la puerta.

¿Su tarea? pensé.

Me pareció mala onda. Majo estaba observándome desde la esquina, y se echaba aire con el DVD. Yo no sabía qué hacer. Entonces me paré bajo la ventana y comencé a gritar. ¡JOSÉ! ¡JOSÉ! ¡JOSÉ!

Me sentía fuerte. A mí no me importaba nada. Yo no me iba a ir sin declararme. Majo corrió hacia mí y me preguntó ¿Por qué gritas?

—¡Porque no quieren llamarlo! —le dije.

—¿Tú crees que alguien salga?

—¡Alguien va a salir y diré que es muy importante!

De pronto, como en una película de bajo presupuesto hecha por adolescentes, escuché una voz que gritó desde arriba:

—¿Quién es?

José había sacado su cabeza por la ventana. Yo le dije a Majo Espérame en la esquina.

Se le veía extrañado, como si un zapato acabara de caerle en la cabeza y lo hubiera despertado. Yo también me sentía extrañada.

—¿Puedes bajar un ratito? —le dije.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

La voz de José me recordaba la voz quebradiza de Maju Mantilla. Creo que nunca me había dado cuenta.

—Saturna, soy Saturna García.

—¡Ah! Ahorita bajo, ¿ya?

Escuché que se cerró la ventana, escuché que alguien se reía.

José bajó. Conversamos afuera de su casa, apoyados en la pared. A pesar de la incomodidad, el momento me gustaba.

—Hola, ¿tú sabrás el número de celular de Mariano?

—No. Solo tengo el teléfono de su casa.

Se sobaba el ojo, su rostro parecía el de una chica. Sus labios eran rosados y delgaditos. Tenía la chompa del colegio puesta al revés.

—Ah, ya. ¿Qué haces, vamos un rato al parque?

Entonces José me preguntó qué era lo que me pasaba. Lo hizo como un testigo de Jehová preocupándose por mi vida.

Me dijo Mis amigos me han hablado de ti.

—¿Ah, sí? —le pregunté, sonriéndole. Pero él no sonreía. Tartamudeaba al hablar.

—No me gusta que me digan esas cosas.

—¿Qué te dicen?

—Tú sabes, que tenemos algo.

José era un huevón, como me había dicho Majo.

—Bueno, yo quiero estar contigo.

Ya no se lo iba a decir, pero se lo dije. Lo hice desde el hartazgo de haber invertido cinco horas en ir a verlo.

Él escuchó eso y automáticamente respondió:

—No puedo estar contigo. Y tengo mucha tarea.

Dijo eso y se volteó. Y mientras caminaba hacia la puerta lo observé detenidamente, parecía una gacela alejándose. Recuerdo que lo observé y acepté su respuesta. Y me sentí tonta. Él siguió caminando hacia su puerta y seguro pensó que ahí terminaba todo. Corrí hacia él y lo alcancé, él me dijo ¿Qué te pasa? Lo empujé contra la pared.

Lo besé. Fue un beso muy breve y él se separó con las manos, empujándome. Fue muy rico.

—¡Déjame! —dijo entre dientes, mirando al suelo.

Yo no me iba a regresar sin nada.

Lo único que él hizo fue alzar la mirada hacia la ventana. Quería saber si estaban viéndolo. A mí ni me miró.

Chibolo huevón, pensé.

Abrió la puerta de su casa y se metió. Yo me volteé y caminé hacia la esquina y busqué con la mirada a Majo, no sabía dónde estaba. Alcé la voz y dije ¡Majo, Majo! Ella se acercó a mí corriendo y me dijo ¡Ya no grites! Estaba aguantándose la risa. Nos abrazamos y me dijo ¡Eres una loca, huevona!

—Ya podemos irnos —le dije.

—Espera, Mariano ha llegado, lo saludo y nos vamos.

—¿Dónde está?

Majo me señaló el portón negro.

—¿Espérame, ya? Él está con sus papás dentro.

Corrió a saludarlo. En ningún momento me preguntó cómo me sentía.

Entonces me di cuenta de que yo también había besado. Besar no era la gran cosa, pensé. Esa noche Majo y yo caminamos juntas de regreso a Surco. No sabíamos qué hora era, nuestros celulares estaban descargados. Y no sabía cómo sentirme, si contenta por haber besado o triste por haber sido choteada. Caminábamos por la calle Universo, por donde vimos a Luchito en la tarde, y solo vimos al vendedor ambulante de marcianos esperando su combi. Le preguntamos la hora. Él dijo 8 y 45.

Majo me preguntó cómo iba a hacer para irme a mi casa. Quedé con mis papás en que me recogieran afuera del colegio a las 9, le dije.

—Ah, ya.

Caminamos por La Campiña y Majo me preguntó ¿Cómo besa el chibolo huevón?

—Como besan los anfibios, seguro. Pero me gustó.

—Tiene cara de no saber besar.

Caminamos dos cuadras más y llegamos a La Campiña. Y cuando pasamos por el colegio nos detuvimos.

—¿Seguro que quieres esperarlos acá? ¿No quieres esperarlos en mi casa?

—No —le dije, prefiero esperarlos acá.

Le di un beso en la mejilla y ella me dijo Otro día vemos la porno nosotras nomás, ¿ya?

—Claro que sí.

Me quedé sentada sobre una de las bancas de cemento que estaban afuera del colegio, esperando a mis papás. La calle era oscura. Observaba el cielo y la pista y pensaba en la boca de José. Pensaba en lo que podía estar pensando él de mí en ese momento. Y me reía recordando su rostro de consternación. Lo único que yo quería era llegar a mi casa, bañarme y ver Bob Esponja hasta quedarme dormida.

La calle se iluminó. De pronto un station wagon se detuvo frente a mí. Eran mis papás. Al parecer estaban discutiendo por algo. Me levanté de la banca y caminé hacia el carro y me di cuenta de que estaba lleno de bolsas de supermercado, y cuando quise abrir la puerta de adelante vi que también estaba lleno de bolsas de plástico y no había lugar para mí. Ellos discutían, creo que mi mamá se había olvidado una bolsa con hot dogs en la caja. El taxista decía Un poquito rápido, un poquito rápido por favor.

—Espérate que acomodamos las bolsas —dijo mi papá con el voucher en la mano. Se le veía acalorado.

—¡Pero tú no ayudas, pues! —dijo mi mamá—. Por tu culpa se me han quedado esos hot dogs.

Vi que metían bolsas dentro de otras bolsas y me di cuenta de que nada era tan grave. Escucharlos discutir me dio tranquilidad. Yo me he criado entre gritos. Mi mamá cerraba con nudo una bolsa, entonces me miró y me sonrió.

—¡Hijita, ya puedes entrar! —dijo, palmeando el asiento de adelante. Me subí y el taxista arrancó el Station Wagon, en su radio sonaba una canción de los Shapis, esa que dice Si se marchó sin un adiós, que se vaya, que se vaya y mi papá se puso a cantar y le dijo al taxista ¡Alce el volumen!

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Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.