La Calata Culta Martes, 7 marzo 2017

Erika no quiere que se le vean los pies

La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.

Ilustración: Bruno García Alcántara

En la televisión veo a una señora llamando por teléfono a un veterinario para que atienda a su loro. Dice que desde hace dos semanas el loro no come ni duerme. Yo estoy sentada sobre la cama sacándome una legaña y me digo Si ese loro no come ni duerme, ¿cómo chucha vive? Me seco las puntas del cabello con la toalla porque me acabo de bañar, empiezo a interesarme por la señora. Es bajita y tiene unos cincuenta años. Tiene aspecto de Mi casa está limpia y tengo todas mis cuentas pagadas, ya no follo con mi esposo y no sé qué hacer con mi tiempo libre.

Me alucinan esos programas gringos donde los asuntos cotidianos son una gran preocupación. Mi mamá siempre dice Tú no deberías ver eso. Deberías ver arte. Pero esos programas me ayudan a escuchar cómo otras personas hablan, a ver cómo mueven el brazo o la pierna cuando dicen, por ejemplo, ¿Mi loro va a recuperarse pronto?

Me quedo mirando un rato más pese a que son muchos comerciales, quiero conocer al loro. Quiero saber si es grande o pequeño. Si tiene la mirada bondadosa o es un loro de mirada vengativa. Estoy apurada pero quiero saber. Tengo que escoger qué pantalón ponerme, hace dos semanas la lavadora se malogró y solo tengo tres pantalones limpios en el clóset: el violeta, el turquesa y el negro. Si no me decido por uno de ellos tendré que ir a buscar en la ropa sucia. Me decido por el negro. Es marca Emporium y tiene aplicaciones de cuerina a los costados, casi todos mis pantalones son Emporium. Pero este tiene en la rodilla izquierda una mancha de lejía del tamaño de una moneda, yo no sé cómo se manchó. Solo sé que la primera vez que me lo puse deseé que no se manchara. Era un pantalón tan negro, tan brilloso, como la piel de un caballo. Me enamoré. Y ahora debo pintar esa partecita con plumón negro cada vez que me lo pongo.

La tanda publicitaria ya se acabó y veo al loro, el doctor lo examina con su estetoscopio. Es un loro pequeño, de cabeza azul y cuerpo verde, sus ojos son como dos pepitas de papaya. Se le ve humilde, como si hubiera llegado a esa casa luego de haber trabajado en los semáforos mucho tiempo, moviendo el culito sobre el hombro de un enano. El doctor le pregunta a la señora ¿Quién más vive en esta casa? La señora mira al doctor como diciendo ¿A usted qué chucha le importa? El loro parece sorprendido. La señora responde Vivo con mi esposo y con mi perro Jack.

A Jack déjelo dormir, dice el doctor. Llame a su esposo.

Abro el clóset, busco mi polo blanco pero no lo encuentro. Es un polo con un extraterrestre verde montando un dinosaurio, la tela es fresca. ¿Dónde podrá estar? De pronto veo en la tele que el esposo sale del fondo de un pasillo diciendo ¡Aquí estoy, cariño! y camina hacia la señora, que tiene al loro entre sus brazos. La señora le dice ¡Has estado fumando! El doctor se acerca al hombre, que se parece a Alfred Molina, y estrecha su mano. Le dice Estoy aquí por su loro. ¿Hace cuánto vive con ustedes? El señor entrecierra los ojos y dice Nueve meses. De pronto el loro empieza a escarapelarse y a dar picotazos al aire. Sus plumas se levantan. La señora pregunta ¿Qué le sucede? y el doctor empieza a gritar ¡Oh my god, oh my god! ¡Es un loro celoso!

El doctor se parece a Harvey, el amigo de Sabrina, la bruja adolescente.

El doctor dice que el loro sufre de celos. También dice que es un tema serio, que lo siguen investigando en la Universidad de Pensilvania. ¡Chucha! digo yo, y recuerdo que ayer me quité el polo blanco en la sala. Así que salgo de mi habitación tapándome las tetas y desde allí veo el polo sobre el sillón. Voy corriendo, me lo pongo y camino hacia la habitación nuevamente. Contesto el celular. Es Erika, diciéndome que ya llegó al hotel y se está maquillando. Le digo que llegaré en media hora, que no se preocupe. Ella hace énfasis en que me apresure porque está apurada. Termino diciéndole Todo va a salir bien, nena y corto la llamada. Me rasco la oreja. Puta madre, pienso, desde hace días me estoy rascando, ¿qué será? Creo que me ha picado una araña. Reviso mi bolso, veo que la cámara está, los lentes están, la fruna está. Cojo mis llaves y el plumón negro, guardo mi celular, me alzo el jean, me acomodo el brasier y salgo de la casa.

Voy dentro de un taxi rojo. No me gusta tomar taxis rojos, pero todos los taxistas anteriores me dijeron Allá no voy. Y no era tan lejos, yo solo iba a Arequipa con Aramburú, al hotel Estrella.

El taxista es tartamudo pero le gusta conversar. Se llama Ramón. Dice que fue fisicoculturista de joven y diseñador gráfico, pero un día se cayó en la ducha y se jodió la cadera. Veo la foto que cuelga de su espejo retrovisor –es un hombre con el torso desnudo sobre un estrado, sosteniendo un trofeo– pero yo no sé si esa foto es de él, yo no sé si la recogió de la basura y la colocó en esa mica. El taxista dice que antes habían más fisicocucucuculturistas. Creo que el taxista se vacila contando sus historias. Debería ir a un taller de escritura. Aprovecho el tiempo y comienzo a pintar la mancha en mi pantalón con el plumón negro. Y de pronto escucho una voz en mi cabeza diciéndome Oye, una persona adulta no pinta su pantalón cada vez que se lo pone. ¡Ya tienes 26, madura, cojuda! A veces he pensado que soy un poco esquizofrénica, no sé. Pero no me asusta.

Supongo que por eso escribo.

Llego al hotel. Saludo a la recepcionista. Le digo Voy a la habitación 601 y le entrego mi DNI. Ella me observa. Observa mi bolso. Dice Un momentito. Ella está vestida como si fuera aeromoza pero tiene su brazo muy velludo. Parece que se hubiera pegado vello púbico con goma transparente. Me da un poco de asco. Me entrega una llave con un llavero de plástico en forma de estrella y dice Puede subir. Muchas gracias, le respondo y subo por el ascensor hasta el sexto piso. Este hotel se ve elegante, no lo conocía. Camino por un pasillo largo y alfombrado de color rojo y solo pienso en irme rápido. Llego a la habitación 601, meto la llave en el orificio, giro hacia la derecha y empujo la puerta. Erika está sentada al borde de la cama, vestida con un top negro y un calzón de encaje, veo que se está colocando un portaligas blanco. Me dice ¿Me puedes ayudar? Dejo mi bolso sobre la cama y me acerco a ella. Está sudando. Me acerco a su pierna y engancho el portaligas a la panty. Ella se levanta, me sonríe. Yo le digo Sorry por la demora, salí un poco tarde. No, dale, ya estoy lista.

Nunca antes había visto a Erika. Me enviaron un mail con una lista de nombres de mujeres, y el primer nombre era el de ella. Me dijo que los fines de semana no podía y yo le dije OK, luego le dije si podía ser durante la semana en la noche y ella me dijo que tampoco podía.

Erika tiene un cuerpo parecido al de la hermana de Lilo, de Lilo y Stich, es culona, bronceada y de cabello negro. Me coloco frente a ella y le digo Primero te voy a tomar unas fotos con las piernas abiertas. Ella me dice ¿Así? y se abre un poquito. Le veo la línea del bikini y me doy cuenta de que se ha afeitado recién, porque está rojo. Su maquillaje es sutil, se ha echado base, se ha puesto pestañas, se ha pintado la boca de rosado. Yo le pregunto ¿No tienes labial rojo? Ella dice Justo lo iba a traer pero me olvidé. Le digo que se meta el dedo y que juguetee con su vagina. Le tomo más fotos. ¿A qué se dedicará? me pregunto. ¿Vivirá sola? ¿Estudiará arte? ¿Será otaku? ¿Habrá rellenado un slam? ¿Tendrá enamorado? Ella me dice Un favor, que no se noten mis pies. Me doy cuenta de que es tímida. Le tomo como sesenta fotos y le pregunto ¿Por qué no quieres que salgan tus pies? No me gusta, dice ella. Mis dedos son muy gordos, mira. ¿Gordos? ¿Quién te ha dicho eso? Son bonitos. Ella sonríe y dice Ya, pues, que salgan los pies. Le digo que se quite el top y ella me dice No, qué roche. Yo le digo Para todo tienes roche. He visto muchas tetas, no te preocupes por mí. Erika sonríe como una niña que va a contar un secreto. Se quita el top y lo coloca a un lado de la cama, se queda en sostén, le tomo algunas fotos en ropa interior y le pregunto ¿Quieres vender o no quieres vender? Ella me dice con los ojos. Ya pues, quítate el sostén. Se desabrocha y las dos tetas son libres. Veo que tiene un lunar debajo del pezón izquierdo, sus pezones son marrones como la Nutella. Le sonrío y le pido que se recueste como la Maja. Ella me dice ¿Como quién? Le tomo otras sesenta fotos y cambio de tarjeta porque ya se llenó. Ella se para frente a mí y me dice Necesito vender, que se me vea mamacita. Claro le digo, pero tienes que relajarte. Mírame como si fuera un chico al que quieres levantarte en la discoteca. Ella sonríe. Dice Haré lo que sea pero porfa porfa porfa que salga bonita. Claro que sí le vuelvo a decir. Le digo que se coloque en forma de perrito sobre la cama, y que saque el culo. Busco la fruna dentro de mi bolso y me la meto a la boca con todo y papel. Ella se mueve sobre la cama como un pequeño cuy marrón con ganas de que me la coma. Pero yo no como cuy hace tiempo. Y creo que ya no comeré cuy, ni siquiera el cuy chactado que prepara mi abuela. Termino de tomarle las fotos y le digo que le enviaré pantallazos de las fotos editadas durante la semana y guardo la cámara dentro de mi bolso. Ella se pone el top y me abraza.

—Gracias, ha sido mi primera sesión de fotos —dice.

—De nada, has estado bien —le digo.

—¿Desde cuándo trabajas para esta empresa?

Saca de su mochila Porta una cajetilla de cigarros Capri. Quisiera decirle Desde hace dos años, pero no lo hago. De repente Erika es una policía encubierta. De repente su verdadero nombre es Talía y es la mejor agente de su base.

—Desde hace 6 meses —le digo.

—Ah. ¿Quieres? —dice, acercándome la cajetilla.

Le acepto el cigarro y me siento a su costado. Ella me lo enciende y yo huelo su cabello. También enciende el televisor y coge el control remoto, comienza a hacer zapping.

—¿Sabes cuándo van a pagar? —pregunta, observando la pantalla del televisor.

—No sé, eso tienes que hablarlo con Mario.

—Ese chico es un pesado —dice, echando humo de su boca.

—Deja ahí —le digo.

—¿Ahí dónde? ¿En TBS?

—Sí, donde sale el loro. Eso estaba mirando antes de venir.

—Ajá, por eso te demoraste.

Nos reímos. Suena su celular, pero no lo contesta.

—Es mi esposo —dice—. Dije que salí a comprar los útiles escolares. De acá me voy para la feria.

—Ah, eres casada.

—¿Y tú?

—Yo quiero tener un loro.

—Ja, ja, ja.

Abre la boca al reír y me doy cuenta de que tiene un dientecito montado en su encía superior. Es marrón. Es como si un cuerno le estuviera brotando de la encía.

—¿Quieres tirar? —pregunta, y apaga su pucho en el cenicero.

—No.

Me levanto de la cama y me pregunto ¿Cómo se puso marrón ese diente?

—Tampoco me mires feo. Anímate, hay que aprovechar el lugar.

—No, Erika, no es eso.

Me sobo los ojos. Pongo rostro serio y le digo Chau, Erika, me voy porque si no me deja el taxi.

Salgo de la habitación impactada, con mi colilla en la mano. Somatizada, diría yo, pero no sé si esa palabra existe. Si yo tuviera un diente como ese me presentaría primero yo, luego alzaría mi labio y diría Y él se llama Pedrito el solitario.

Camino por el pasillo imaginando que el diente de Erika vuela por los aires como la cabeza de Raúl Romero en la cortina de su programa Erre con erre. Me pregunto ¿Hoy todos son raros?

Bajo por el ascensor pensando Esa chica pude ser yo. Y automáticamente pienso en mi perra, Alina: si no me la hubiera encontrado hace cuatro años tomando agua de un charco y no me la hubiera llevado a mi casa, mi vida sería una mierda. Por eso siempre pienso que ella me rescató a mí de las calles. Porque cuando llegó se orinaba en la cama, se cagaba en la sala y comía paloma muerta. No sabía vivir. Yo tampoco sabía vivir, pero tuve que enseñarle. Educar a un perro es educarte también tú, un día llegué a esa conclusión.

No sé si Erika tenga un perro, pero me gustaría mucho que tuviera uno.

Paso la lengua por mis dientes y me contento de no tener un hijo en casa, esperándome para que forre sus cuadernos. Qué flojera, pienso. Yo no forré ni siquiera los míos.

Salgo del ascensor. Veo que la recepcionista está leyendo un libro, apoyada en el mostrador. Me acerco a ella, la saludo y le pido mi DNI. Ella cierra su libro, me observa, observa su reloj y dice ¿Y la otra señorita? ¿Se queda? No sé, le digo. Quizás se quede un rato más.

Ahora es así, rapidito nomás, ¿no? dice ella.

No le contesto nada. Su comentario me parece fuera de lugar. Debería metérselo por el culo. La mujer me entrega mi DNI y le observo el brazo por última vez, y pienso en todas las personas que han querido decirle Aféitate ese brazo pero no lo hicieron. Yo tampoco lo haré.

Salgo del hotel y está lloviendo. No sé que voy a hacer cuando llegue a mi casa. 

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La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.