La Calata Culta Domingo, 19 marzo 2017

A veces la gente está stone

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha estudiado comunicaciones y realización cinematográfica. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en medios de España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones.

Ilustración: Adams Carvalho

Yo sabía que no tenía que mezclar comida con alcohol porque me cae mal, pero lo hice. Como diría mi papá Me cagué en la noticia. Esa noche tomé tres pisco sour y al cuarto ya estaba con media cabeza dentro del inodoro, pensando Cuántos potos se habrán sentado acá. Media hora antes había comido dos langostinos empanizados. Cuando los vi sobre la bandeja dije Vengan para acá, mis viejitos y me los metí a la boca. Porque así les digo a los langostinos empanizados, Mis viejitos. Y luego los viejitos se fueron en pedazos por el desagüe, nadando en espuma verde. A lo lejos los chicos de Space Bee cantaban Yeah Yeah y yo deseaba limpiar el vómito de mi boca con mi brazo y regresar a la fiesta, pero trataba de ponerme en pie y me iba a un costado. Era imposible levantarme. En un momento llegué a pensar Acá me quedo. Acá tendré a mi familia. Acá criaré a mis perros. Haré mi vida dentro del baño del restaurante Amoramar. Y en medio de mi embriaguez me dije Ya, levántate. Tenía que irme porque me caía de borracha. Como esa vez a los trece años cuando tomé mucho vino en el quinceañero de Melina y entre los invitados estaba la psicóloga del colegio. Yo no sé qué chucha hacía esa tía ahí. La familia de Melina era bien patera con los profesores del colegio. La tía había ido con un vestido entallado de color melón, que seguramente había usado hace diez años en otro quinceañero, y con cualquier pretexto entraba en la sala donde estábamos bailando los jóvenes. Entonces los chicos empezaban a silbar y decían ¡Oe, oe, la tía! Ella se molestaba y respondía ¿Qué tía?

Luego esta individua le contó a la directora sobre todas las copas de vino que tomé en la fiesta. En ese tiempo yo no sabía tomar y le aceptaba todo al mozo, esa noche bebí y bailé como todos. Me emborraché y vomité en el jardín de la entrada de mi casa, y al día siguiente mi mamá me despertó gritando, diciéndome que unos borrachos asquerosos habían ensuciado su tapete.

Mal, muy mal, eso pensé aquella mañana cuando me llamaron a la dirección y vi a la directora y a la psicóloga, sentadas con sus buzos celestes de piel de durazno, y me contaron sus dizque temores. Querían llamar a mis papás y contarles sobre mi “problemita con la bebida”. Le habían preguntado a otras niñas, y ellas habían dicho que yo me emborrachaba en todas las fiestas. Esa mañana me sentí amenazada. Fue como si un cuchillo para pelar papas ingresara en mi corazón. La directora se llevó la mano al pecho y me dijo que así empezaron varios alcohólicos, y me puso de ejemplo al cantante Iván Cruz. ¿Yo qué chucha tenía que ver con Iván Cruz? Esa tía estaba locaza.

Parecían dos buitres con sus tazas de té en las manos, diciendo que habían llegado a una determinación. Iban a expulsarme del colegio por dos semanas. Yo quería llorar, pero era muy vergonzosa y me dije Acá no lloro ni cagando, y por dentro trataba de pensar en las películas que me estaba descargando del Ares. Ahora lo recuerdo y me río y hasta me suelto un pedo, pero esa mañana me hicieron sentir miserable. Y yo me imaginé de grande viviendo debajo del puente Camote, y sin saber dónde quedaba el puente Camote.

A los trece años no tenía ningún problema con nada. Bebí en esa fiesta porque estaba aburrida. No me gustaba dar explicaciones y menos a esas dos tías, pero algo tenía que hacer. Algo hice, algo les dije, algo que ahorita no recuerdo, pero sé que no duré mucho en ese colegio. En verdad nunca debí ir al colegio. Para mí el colegio fue una época de gastos y de soledad. Recuerdo a mis papás discutiendo por plata. Mi papá nunca quería comprarme los útiles escolares. Una vez me dio dos soles y me dijo Anda a la panadería y le dices al panadero que te dé una mochila. A mí me daba miedo ir a la panadería sola, así que fuimos juntos y me mostró el costal de los panes y me dijo Ahí está tu mochila. A mi papá le encantaba joder así. En ese tiempo él también era estudiante, aunque universitario, y me decía Yo le saco copia a mis libros, sácale copia tú a los tuyos. Yo le explicaba que la profesora había dicho que Indecopi iba a entrar de salón en salón a revisar si estábamos sacando fotocopias de los libros. ¿Y tú les crees? decía mi papá y se reía a carcajadas, agarrándose la barriga y dejando al descubierto su pequeña cicatriz de la operación de apéndice. Su cicatriz nunca me gustó, es del tamaño de un pallar y parece que alguien le hubiera mordido.

Ahora ya no tomo vino ni pisco sour, pero sigo echada en la misma cama. Sigo siendo una niña, pero tengo responsabilidades. Ahora a cada rato aparece en mi mente la palabra tiempo.

Pienso en una historia. Es sobre dos chicos que se enamoran. Ellos se conocen en un grifo Repsol de Ica. Los dos son camioneros y a los dos les gustan las películas de Bruce Willis, pero yo no sé cómo hacer para que estos personajes se muevan. No sé si quiero que vayan primero a comer chifa o al hotel, no sé.

Me rasco el ojo derecho. Sé que no debo hacerlo porque en diciembre me dio conjuntivitis y sentía que me moría. Apoyo mis piernas sobre la pared, Un ratito, me lo merezco, pienso. En otro tiempo no hubiera hecho eso, pero en la radio le escuché decir a una doctora que era bueno para la circulación de la sangre. Abro mi cuaderno de Snoopy y leo algo que escribí hace cuatro años y sonrío: Algunas personas necesitan amor. Yo necesito follar. Necesito como mierda de eso. Y tú eres el pene que deseo en voz baja cuando voy en el Covida y hace calor.

Sonrío, pero no me avergüenzo. Esos eran mis sentimientos de chibola moquienta. Suena el celular y es Bupsy, dice que en su trabajo tiene que escribir una nota de prensa para un evento de poesía. Está trabajando en la universidad. La coloco en altavoz y le digo Escribe algo que te salga del corazón, algo que quisieras que te digan a ti para que vayas a ese evento.

¿Así nomás? dice ella, un poco sorprendida. Sí, huevona le digo, pensando que ya me dirá Chau y seré libre, pero no, me equivoco. Bupsy sigue hablando. ¿Así que ese es tu secreto, no? dice. La palabra secreto no me gusta, no la uses delante de mí, por favor le digo, en tono amigable. ¿Por qué? pregunta con su tono policial. Hay una marca de pantys llamada Secreto le respondo. ¿Por eso? ¡Jajajajaja! Escucho que Bupsy se ríe fuerte, como una bruja a punto de despegar sobre su escoba. Luego escucho que una voz de hombre le dice Anda para allá a reírte, mocosa. Aprovecho esa interrupción y enciendo mi iPod y pongo a Janis Joplin. Desde hace días escucho a Janis Joplin, no sé por qué, es como si su voz acariciara mis heridas sentimentales. Qué huachafo sonó eso. Bupsy regresa al teléfono y dice Sorry, era mi jefe. Es un tío amargado que hace tiempo no ve el culo de su gil, para hacerle ñam, ñam. Se hace el religioso, el muy pendejo.

Yo le digo Bupsy, no hables así. ¿El tío es gay? ¿Es tu jefe?

—Nadie me va a escuchar.

—Ay, Bupsy.

—Espérate, pues. ¿Quieres que te cuente o no?

—No sé. Las cosas íntimas no se hablan por teléfono así, dice mi mamá.

—Ya estás paranoica, seguro has visto a tu amigo el pelado, ¿no?

—A ver, cuéntame, pues.

—Una noche, cuando estaba en Marsano afuera de la San Martín esperando la combi, vi caminando a mi jefe con un muchacho más joven que él. Parecía un reguetonero misio.

—¿Y? ¿Eso lo hace cabro? Podía ser su sobrino.

—¡Sobrino, ja! ¡Y yo me chupo el dedo!

—Chúpate tres —le digo, y nos reímos.

—Como no venía la combi, fui donde el Colorado y le compré una hamburguesa.

—¿Sigues comiendo donde el Colorado?

El Colorado es un señor que tiene el rostro rojo y estaciona su carrito de comidas afuera de “Fotocopias Freddy”. Cuando yo estaba en la universidad no me gustaba comprarle, porque pensaba que su rostro también era una hamburguesa.

—No, lo hice para espiar —me dice Bupsy—. Cuando el Colorado le echaba las papitas al hilo a mi pan, vi que este “sobrino” le pellizcó el culo a mi jefe.

Me pregunté para mis adentros ¿Esta Bupsy por qué no escribe? Sus historias tienen detalles hasta por el culo. Me levanté de la cama y busqué el cortauñas. Desde hace días quiero cortarme las uñas del pie. Bupsy me dijo ¿Qué haces? Ah, estás escuchando Cry baby.

Bupsy es cachetona, su piel es clara como la mía. Tiene lunares en el rostro, es como si le hubiera caído canela en polvo. Alguna vez han pensado que éramos hermanas. Pero a ella le gusta pertenecer. Ese deseo suyo de “ser parte de” me alucina. Siempre quiere estar en eventos de arte y tomar té burbuja en Miraflores, y su pasatiempo favorito es leer Cosmopolitan antes de dormir. En verdad no sé si le gusta el arte, porque cuando la ves en el evento, ya sea una expo de fotos o una presentación de libro, siempre está con cara de Ya me quiero ir, dame un cigarro por favor. Pero va para decir Yo estuve ahí. Yo soy más paja que tú.

Bupsy dice Dame tres minutos. Estoy caminando hacia la entrada de la universidad.

—¿Qué, dónde estabas? —le digo y me rasco la nuca.

—Saliendo de la oficina. Es que quiero fumar un cigarrito —dice ella.

—Te espero, estoy acá. ¿Te corto?

—Sí, te vuelvo a llamar. La batería se me está acabando, por si acaso.

Luego de un rato suena mi celular y ella me dice que tiene ganas de tomar un ron. Yo le digo que no tengo ganas. Y ella me dice Estás como Chambi diciendo No tengo ganas, no tengo ganas. Yo quiero decirle ¿Entonces de qué chucha tienes ganas?

—¿Y por qué no se lo dices?

—No, sería discutir. A veces me hace sentir como Peggy, de Matrimonio con hijos.

—Dile Ya huevón, compórtate. Y así te la pasas todo el día, diciéndole Ya huevón, reacciona. Se lo dices veinte veces hasta que se dé cuenta.

Ellos son pareja desde hace tres años y él la está convenciendo para que hagan ayahuasca, pero Bupsy dice que le da miedo y que en realidad quiere hacer una película porno. Y Chambi no quiere, dice que esas cosas no se hacen. Chambi es un idiota. En su carro tiene la estampita de un santo, creo que es la Melchorita, un día la vi y dije Qué paja, voy a mandar a hacer una así de mi perra Allujo. Él se exaltó, parecía que había comido rocoto. Dijo Eso es ofensa. Eso que estás diciendo es algo malo. Bupsy y yo nos miramos y nos reímos, jajajajajaja.

Yo no sé en qué chucha cree Chambi.

Por un lado quiere hacer ayahuasca y por otro lado tiene su santa.

Qué raro es. Se lo digo a Bupsy y ella responde Así son los hombres, raros.

—Sí, yo también conocí a un hombre raro.

—¿Ah, sí? ¿Cómo era?

—Tenía un tatuaje de ancla en el brazo.

—¿Como Popeye?

—No así, pero era un tío chévere.

—A mí no me gustan los tíos, pero si es un tío millonario me puede gustar.

—Era escritor —le digo, bajando la voz.

—Ay, encima un tío aburrido, jajaja.

Bupsy es graciosa.

—No me parecía aburrido, pero sí un poco ido —le digo, y toso.

—Quizás estaba stone. A veces la gente está stone —me dice.

Y se corta la llamada.

Dejo el celular a un lado de la cama y empiezo a cortarme las uñas del pie.

Decido que los camioneros de mi historia van primero al hotel.

Dejan el camión estacionado en el grifo.

Y dicen que irán al chifa.

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha estudiado comunicaciones y realización cinematográfica. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en medios de España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones.