La Calata Culta , noticias Viernes, 8 septiembre 2017

Yo le respondí ja, ja, ja

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Ilustración: Beereuno

Yo le respondí ja, ja, ja

El padre le dice al niño No siempre que salimos a la tienda te voy a comprar algo. El niño llora. No me gusta que el niño llore. No veo su rostro. El niño pregunta ¿Por qué? Yo estoy en el piso de abajo, en mi habitación, echada en mi cama con la ventana abierta. El padre responde Porque estás mal acostumbrado. A mí me dan ganas de sacar la cabeza por la ventana de mi departamento y decirle Tú lo has mal acostumbrado, cojudo. Pero no digo nada y me rasco la oreja izquierda. Me llegan los padres jóvenes. Cuando tenía 15 años una vecina que vivía al frente de mi casa salió embarazada. Ella también tenía 15 años. Unos meses antes de que se supiera la noticia mi papá me dijo en el desayuno ¿Cómo Angie aprende a mecanografiar y tú no? ¿Cómo Angie ya está aprendiendo Excel y tú no? Me llegaba que me pusiera a esa chica como ejemplo. Yo era una adolescente de carácter sombrío, andaba con la espalda encorbada y veía películas sola en mi cuarto. Un día fui a la bodega y la vendedora me dijo La hija de la señora Sara está embarazada. ¿Quién? pregunté. ¿Angie? Ella solo decía Eso he escuchado y bostezaba. Seguro se ha confundido, pensé. Luego pensé Bien hecho, que se cague. Una semana después estaba caminando hacia el colegio y la vi regresando de la panadería. Me dije ¿Es ella? La reconocí por sus rulitos, seguía teniendo rulitos dorados. Caminaba lento, parecía que su barriga le pesaba. Se agarraba la barriga con una mano, en la otra llevaba su bolsa de pan. Yo la veía desde la acera del frente y volteaba la mirada, no quería que me reconociera. No quería que sintiera vergüenza, después de todo nos conocíamos desde niñas. Me preguntaba Si no ha acabado el colegio, ¿cómo va a mantener a su hijo? ¿Con su curso de Excel? Mi papá no volvió a mencionarla jamás.

Cuando Angie y yo teníamos 7 años jugábamos a mirarnos a los ojos y la que dejaba de mirar perdía. Sus ojos eran pequeñitos como dos huevitos de codorniz. Yo siempre terminaba perdiendo y ella decía ¡Ya ves! No sé qué quería decir con eso pero yo le respondía Sí veo. A su mamá le gustaba que fuéramos amigas, me saludaba diciendo Qué lindos tus cachetes. Angie también era amiga de mi primo, un día él le dijo Angie, me han comprado un VHS, ¿quieres ver una película con mi prima y conmigo? Ella dijo Ya, pero voy con mi hermanita. Mi primo dijo No, ¿cómo vas a llevar a tu hermana? Y al final Angie terminó aceptando. Yo quería ver cómo funcionaba un VHS, en el colegio todos decían Con el control remoto retrocedes, ya me tenían cojuda con eso. En ese tiempo yo vivía en la casa de mi abuela y ahí también vivía mi primo. Una tarde Angie tocó el timbre. Escuché a mi abuela gritar ¡Saturna, baja! Me sentí emocionada. Bajé las escaleras con cuidado, agarrándome del pasamanos, no quería caerme. Quería enseñarle a Angie todas mis muñecas, decirle Mira, acá guardo los zapatitos. Caminé hacia la puerta principal y vi a Angie en el patio. Tenía puesto un vestido blanco con puntitos azules. Me pregunté dónde se lo habrían comprado. Yo también quería uno. Pero luego recordé lo que decía mi mamá, Tú no sirves para usar ropa blanca. Le dije Angie, ven, ¿qué haces ahí? Le di un beso en la mejilla y ella dijo Tu abuela dijo que esperara aquí. Ven, vamos arriba dije y cuando íbamos a entrar mi abuelo nos vio desde la cocina. Eso era un problema porque ningún niño podía entrar en la casa sin bailar antes. Era la tradición. Mi abuelo se nos acercó lentamente y comenzó a dar palmadas mientras decía ¡Bailen, bailen! Mi abuelo era un hombre de 90 años, usaba lentes oscuros porque un doctor lo dejó ciego del ojo derecho. Sonreía y aplaudía. Yo comencé a moverme. No sé en qué pensaba mientras bailaba. Quizás en las vedettes de Risas y salsa o en Cameron Diaz en La Máscara, no sé. Angie no sabía qué estaba pasando. Yo le dije Angie, tienes que bailar. ¿Qué? dijo ella. Es al toque, baila nomás. Angie movió sus pequeños pies y bailó dando saltitos como si estuviera pisando uvas. Bailaba y cerraba los ojos. Mi primo bajó las escaleras hasta la mitad y desde ahí se quedó observándonos. Mi abuelo soltó una carcajada vacía y dijo ¡Ya váyanse, carajo! Nosotras subimos las escaleras corriendo. Mi primo nos dijo La película la veremos en el cuarto de mis padres y Angie le dijo ¿No que era tu VHS? ¿Eso te dijo? pregunté yo y la miré sonriendo. Sí, vengan, dijo mi primo y abrió la puerta de la habitación. Las paredes eran color verde pacay. El lugar olía a humedad, había medias saliéndose de los cajones. Mi primo dijo Siéntense y no toquen nada. Yo no iba a tocar nada. No soy ratera pensé. Angie y yo nos sentamos al borde del colchón, ella sonreía y observaba el VHS con fascinación. Yo dije Parece un maletín. Mi primo sonreía mientras buscaba dentro del clóset, sacó una caja que decía NIKE. La colocó sobre la cama y dijo Acá está. Sacó un casette. Angie preguntó ¿Qué película vamos a ver? Mi primo cerró la puerta y dijo ¿Están listas? Sí dijo Angie y yo dije ¿Por qué cierras la puerta? Para que no se escuche dijo él, mostrándome sus dientes superiores. Metió el casette dentro del VHS y le dio Play. De pronto apareció la imagen congelada de una mujer rubia con un sostén rojo y una capa roja al lado de un árbol. Angie dijo Es la Caperucita y mi primo se rió con su boca abierta y dijo Miren nomás. Vi a un hombre de barba negra con el pantalón desabrochado, persiguiendo a una mujer rubia. Gritaba Detente, detente, mientras corría detrás de ella. Yo pensaba Si esta película es de su papá, quiere decir que él la ve o la ha visto, así que no debe ser malo. Luego la mujer tropezó con algo que estaba en el suelo, era una rama y cuando ella cayó de rodillas él pudo atraparla. La cargó sobre su espalda y la llevó a su cabaña, la mujer gritaba ¡Auxilio! y pataleaba. Angie decía Tengo miedo. El hombre recostó a la mujer sobre la cama y le dijo ¿Qué te pasa? Olió su cuello lentamente, como si fuera un animal. Luego la axila. Angie miraba y ponía cara de asco. El hombre en el televisor se bajaba el pantalón y se agarraba el pene con la mano derecha. Su pene parecía un nabo. Un nabo marrón. Yo pregunté ¿Qué está haciendo? Mi primo dijo Se la corre. Cuando vi que le rompió el sostén y le besó las tetas algo comenzó a calentarse en mi entrepierna y dije Tengo que ir al baño. La rubia gritó Ayuda, ayuda y un cazador con su escopeta en la mano corrió hacia ella. Aguántate dijo mi primo. El cazador rompió la puerta de una patada y preguntó ¿Qué está pasando aquí? Mi vagina me quemaba. Nunca me había sentido así. Me gustaba lo que estaba sintiendo. Y al mismo tiempo sentía que iba a explotar. El cazador apuntó con su escopeta al hombre y este se alejó de la mujer rubia. Todo sucedía rápido. El cazador le amarró las manos al hombre con una cuerda amarilla, la mujer rubia se acomodó el cabello detrás de la oreja. Cuando iba a colocarse la capa el cazador le dijo ¿A dónde vas? Se acercó a ella y le comenzó a succionar un pezón. Parecía un becerro hambriento. Yo dije Se me va a salir la pichi. Y Angie dijo A mí también. Mi primo le dijo Que se te salga aquí y dio una palmada sobre su pierna derecha. Bájate el calzón le dijo. Yo sonreí pensando que se lo decía en broma pero él seguía dando palmadas sobre su pierna. Angie dijo Así no juego yo. Me miró molesta y dijo Me voy. Yo también dije Me voy. Mi primo puso Pause y dijo Bajen la voz. Nos levantamos y salimos de ahí. Abrí  la puerta y le dije a Angie Sal. Y escuché que mi primo gritó Vayanse y cerré la puerta despacio.

Siempre recordaré esa vez. Mi vagina me ardía y me picaba.

Me gustó sentir eso.

En mi pared hay un póster de una chica con un sostén amarillo montando un tiranosaurio rex verde. Sonríe con los ojos cerrados y en la mano izquierda alzada sostiene un nunchaku marrón. A veces la observo y digo Un día quiero ser como esa chica, feliz. Me pongo de rodillas sobre el tapizón negro y busco mis botas bajo la cama. No las veo. Siempre digo No me vuelvo a poner esas botas. Me agacho y veo debajo de la cama. Estiro mi brazo y agarro un ganchito celeste del piso, no es mío. Es de mi amiga Anne. Hace tiempo ella me dijo Te presto y no se la devolví. Extraño a Anne. Extraño conversar con ella. Anne era mi única amiga de la universidad. En esa época a mí no me gustaba perder el tiempo. Si un chico me gustaba le decía Oye, amigo, hay que vernos. En cambio Anne decía No, yo voy a esperar a que él quiera estar conmigo. Eso me parecía absurdo pero yo no le decía nada. Así era Anne, pero yo no. Un día le escribí un mensaje de texto a V y le dije Quiero follar contigo. No me dio vergüenza. V era un amigo de la universidad. Él me respondió luego de tres días, su mensaje decía Ja, ja, ja. Ya pero no tengo plata. La plata a mí no me interesaba. Yo solo quería follar. En ese tiempo el sexo me calmaba. Yo le respondí Ja, ja, ja. V era sincero y yo quería estar con él. Nos encontramos en Angamos con Aviación a las 5 de la tarde. Cuando llegué al paradero él ya estaba ahí, con la espalda apoyada en la pared de una farmacia. Recuerdo sus lentes oscuros marca Rayban. No sé si eran originales. Le di un beso en la mejilla. ¿Hace rato estás acá? Hace diez minutos. Caminamos por Aviación como quien se va para el Óvalo Higuereta y le dije Hay un lugar dos cuadras más adelante. Ya dijo él. V era callado, si yo no hablaba él no hablaba, en algún momento dijo algo, no me acuerdo qué, y terminó diciendo Se me chispoteó. Recuerdo que volteé a verlo y pensé ¿Por qué ha dicho eso? Llegamos al lugar. Subimos por una escalerita empinada. Él caminaba detrás de mí. En ese momento pensé Debí darle la plata a él. En la recepción no había nadie, V observó su reloj y dijo Quizás no hay nadie. Vamos a otro lugar. Yo dije Nadie deja su negocio. Y escuchamos una voz de hombre desde el fondo del pasillo que dijo Ahí voy. Vi a un señor de pelo blanco de unos sesenta años caminando hacia nosotros y pensé ¿Con este hombre voy a hablar? Se colocó tras el mostrador y yo le dije Buenas tardes. ¿Habitación de cuánto está buscando? preguntó él. Yo nunca había pagado por una habitación de hostal. Me daba vergüenza y al mismo tiempo me gustaba. Yo quería entrar, follar y salir. De 40, le dije. De 60 nomás tengo dijo él. Está bien le dije y en ese momento el hombre miró a V, seguro se preguntó ¿Por qué el chico no habla? Yo abrí mi billetera y saqué un billete de 50 y otro de 20. Le entregué el dinero y el señor me dijo Después le doy su vuelto. Nos pidió el DNI. Yo le di el mío. V dijo Uy, creo que no lo traje. El señor sonrió de medio lado y a mí no me gustó su sonrisa. Era una sonrisa de burla, quise tirarle un puñete. V abrió su billetera y dijo Acá no está. Sus dedos eran delgados. Al menos tiene dedos bonitos pensé. Con esos dedos abría despacio el cierre de su mochila mientras yo pensaba Por favor, dime que lo tienes ahí. Dijo Aquí está. El señor colocó la llave sobre el mostrador y dijo Al fondo a la derecha. Nuestra habitación era la 502. Caminábamos en silencio. Las paredes del pasillo eran blancas. En el piso había huellas de otros zapatos. La luz entraba a las justas por las ventanas. Yo me preguntaba ¿Por qué estoy haciendo esto? En ese momento recordé la primera vez que vi a V. Estaba en el sótano de la universidad grabando un comercial con Anne cuando de pronto el ascensor se abrió al fondo de mi encuadre. El ascensor no tenía que abrirse. V apareció, tenía un chaleco verde y un polo blanco. Nunca antes lo había visto. Me acerqué a él y le dije ¿No ves el letrero? Él dijo Disculpa, amiga y su voz me gustó. Era voz de chibolo resfriado. En ese momento me dije Yo voy a conocer a ese chico y le pregunté a Anne ¿Tú lo conoces? Ella dijo Lleva TIC conmigo y creo que no se baña.

Estoy sentada sobre el tapizón. Me pregunto ¿Por qué no volví a ver a V?

Entramos a la habitación. Abrí la cortina. Creo que eran las 6 de la tarde. Nos sentamos al borde de la cama.

—¿Siempre haces eso? —me preguntó.

—¿Qué cosa? —le respondí.

—Pagar —dijo él.

Miré hacia el techo.

No le dije nada. Le sonreí.

No quería decirle Es la primera vez que lo hago, porque tú no tienes plata. Conversamos. No sé de qué conversamos, seguro de los cursos de la universidad o de Ian Curtis. Nos echamos sobre la cama. V me parecía tímido. Seguro pensaba ¿Cómo empiezo? Yo lo miré y le dije Hay que hacerlo. Recuerdo que me senté sobre su jean y comencé a frotarme despacito. También le besé el cuello. Él dijo Así no y yo me hice para un costado. Se desabrochó la correa. Se bajó el jean y lo colocó sobre la mesita de noche. Se bajó el calzoncillo. Hubiera preferido que lanzara la ropa por el aire. Luego se agachó y abrió su mochila y vi que de una bolsita transparente sacó una cajita de condones. Me miró y dijo Los compré antes de venir. Yo le sonreí, él hablaba mientras se colocaba el condón. No sé qué decía. Creo que estaba nervioso. Creo que nunca antes una chica le había dicho para follar. Quería que se callara. No había pagado por la habitación para hablar. Ya se había puesto el condón y le dije Métemela. Me abrí de piernas y me mojé la mano con saliva y él dijo ¿Qué haces? Me voy a mojar la vagina le dije, para que me la metas. Él dijo Espera, primero quiero besarte. Yo lo empujé y le dije Yo no beso. No quería besarlo. Los besos son tiempo y yo no quería invertir más tiempo en él. Sentí cómo su pene caliente ingresaba dentro de mí. Por fin, pensé. Él quiso besarme en la boca y yo le dije No. Me gustó sentir su pene. Empezó a moverse más rápido y de pronto yo sentí que se vino.

Dijo Ay, mierda.

¿Pero cómo? dije yo. Si acaba de metérmela.

Se retiró.

Nos quedamos echados sobre la cama, observando el techo.

Él no retiraba el condón de su pene. Yo no sabía qué decirle. No iba a decirle Oye, quítate ese condón y ponte uno nuevo para que me penetres, porque yo no me he venido. Él dijo Así es a veces y pasó su mano por su frente. Una polilla golpeaba el foco en el techo. Yo pensé ¿Qué cosa es así a veces, que la polilla golpee el foco o que yo sea una cojuda?

Él no me miraba. Yo tampoco lo miraba.

Yo solo quería irme corriendo.

Esto también se va a acabar pensé.

Me sentía triste.

Por él.

Por mí.

Por mis ganas de follar.

Ahora no sé dónde estará V.

Ni Anne.

Ni Angie.

Y no me importa.

Lo que me importa es que no sé dónde están mis botas.

 

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.