La Calata Culta , noticias Martes, 29 noviembre 2016

El hilito

La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.

Ilustración: Paulo Rocker

Había babeado sobre la almohada. Me sobé los ojos y busqué el control remoto. Encendí la televisión y vi a un perro raza shihtzu lamiéndole la vagina a una chica. Los dos estaban sobre la cama. Ella le acariciaba la cabeza. Era una película de Isat, seguro de algún festival extranjero.

Sentí asco. También me excité.

Cuando voy por la calle y veo a dos perros follando, quiero que me la metan a mí también. No sé desde qué edad empezó a pasarme eso, pero me gusta ver cómo el perro monta a la perra. ¡Eso de abrazar por detrás me parece tan bonito! Mi palpitación iba aumentando y me pregunté ¿Me masturbo o no me masturbo? Claro que sí, dije, vamos con todo y froté mi vagina con mi dedo índice como si de ese dedo dependiera mi vida.

Masturbarse es como hacer fuego, pensé.

Me vine y vi un bosque de árboles que daban botellas de champagne como frutos. En ese momento sentí cómo un líquido iba chorreándose por mi entrepierna. Fueron segundos de alegría pura. Y desperté. Me había orinado sobre la cama.

La conchesumare, dije.

Me levanté de un salto. Caminé dando vueltas dentro de la habitación. Abrí la cortina y abrí la ventana. El cielo estaba gris como el pelo de mi abuela. Busqué el encendedor sobre la repisa y encendí un cigarro, le di una pitada, sabía a caca. Qué feo es el cigarro, dije. Lo apagué. Observé la mancha de orina y sentí pena. Observé mi foto en la pared, a los ocho años sobre un caballo en Huampaní. Qué lindo fue ese día. Observé el atrapasueños colgado en mi pared y me pregunté ¿Cómo lo habrán hecho? Me daba tanta flojera ponerme a limpiar.

Rocié perfume de granada sobre la mancha de mi orín y sobé con una toallita Yes. Pensé que así el olor se iría. Pero no se fue. Y le puse otra toallita Yes encima, para que absorbiera. Llamé a Bupsy para contarle mi desgracia, a veces esa chica me hace reír.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —preguntó ella.

—Nada, ¿por qué va a pasar algo?

—Tú nunca llamas a esta hora, por eso.

—Me oriné mientras dormía —le dije.

—¿Igual que esa vez en la calle Belisario?

Me dio risa que Bupsy aún recordara la vez que me oriné dormida en un bar de la calle Belisario. La huevona me quiere, por eso no lo olvida.

—Algo así.

—Manya.

—Fue un orgasmo profundo, vi a un perro lamiéndole la vagina a una chica.

—Aj, huevona, solo tú sueñas con esas cosas.

—Ja, ja, ja. Ya sabía que te iba a dar asco.

—Obvio.

—A mí también me da asco pero así es la realidad de los sueños, nena. ¿Qué tal tú?

—Ayer fui a ver Siete semillas y al final grité ¡Devuélvanme mi plata!

—¿Tanto ají?

—Sí, huevona.

—Yo vi Rosa Chumbe y tampoco me gustó.

—¡Pero si la habían celebrado harto!

—Para que veas, chiquilla. Lo único que me gustó fue la tipografía del póster. Por eso tú y yo tenemos que hacer nuestra peliculita.

—Pero tú te meas, pues.

—Me meé hoy pero no me voy a mear todos los días, pendeja.

Bupsy se rió, y me fastidió su risa. Escuché que su mamá le gritó ¡Anda a comprar el pan!

—Ya tengo que cortar, me están llamando.

—Sí Bupsy, anda nomás.

Eso dije y corté la llamada.

Agarré las toallitas Yes y caminé al baño. Las enjuagué con shampoo Johnson’s, no más lágrimas, como si fueran un bebé. Un bebé con olor a orín. La espuma amarilla se fue por el desague. Sentí pena por esa orina que se fue, nunca más la volvería a ver. Pero esa preocupación se disolvió cuando me observé frente al espejo y vi un hilito que colgaba entre mis dientes. Ay, ese mango que me comí anoche, pensé y con la lengua quise sacármelo, pero no pude. Me desesperé. Nadie debía verme con ese hilito. Hacía meses el dentista me había advertido de la situación. Él me había dicho Si sigue teniendo ese dientecito de leche va a tener complicaciones, sáqueselo. ¿Cómo? De ninguna manera le dije. Si mi diente no se ha caído es porque no se ha querido caer. Y ni usted ni yo podemos alterar esa realidad. El dentista se rio y yo lo observé seriamente.

Hay sol afuera. Quisiera echarme sobre el pasto debajo de un árbol y revolcarme como un caballo. ¿Dónde estás, cojudo? ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no me llamas?

Estaba escuchando a Leonard Cohen y no porque me guste Leonard Cohen. Siempre te he dicho Ese señor del sombrerito me da sueño. Pero sus canciones me hacen recordar las tardes en tu cuarto jugando ocho locos. Ese tiempo fue bonito.

Pero el otro día tu boca olía a cebolla. No te dije nada porque soy buena gente. A mí no me gusta la cebolla, sin embargo te besé. Fue un beso sabroso. También te acaricié la entrepierna. Y cuando traté de abrirte el jean me acordé de la película American pie, cuando Jim no sabe abrir el brasier de Michelle. Tu jean no se podía abrir porque el botón bailaba. Me sentí indignada. En ese momento me dijiste Espera, y con tu cara de yo sé lo que hago y tu aliento a cebolla te arrodillaste sobre la cama y dijiste A veces pasa esto. Me diste cólera. Pensé ¿Tan descuidado puede ser? Vi que sacaste el botón del ojal con cuidado, porque colgaba de un hilito. Sentí ganas de romper ese hilito de mierda con mis dientes. Pero supongo que no lo hice porque entonces habría tenido dos hilitos entre mis dientes.

Si un centauro hubiera pasado por ahí nos habría gritado ¡Cojudos! Pero como en esta realidad no hay centauros, no oí eso.

~

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La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.