La Calata Culta Martes, 3 enero 2017

El agujero negro

La Calata Culta

Leslie Guevara es comunicadora y escritora. Publica desde el 2013 la columna "La calata culta" y le gusta tomar jugo de naranja de carretilla. Es gerente de proyectos en Machucabotones Escuela de escritura expresiva.

—Ya, pues, hay que arreglar. ¿Necesita el agua, no?

Observé su fotocheck. Decía Walter Jiménez. En su foto sonreía como si le hubieran dicho ¡Eres millonario a partir de hoy!

Yo había puesto esa cara que se pone si uno encuentra una pelota en el parque, y juega con esa pelota durante un rato y cree que es suya. Luego, a la vuelta de ese parque, un señor pregunta ¿Es tu pelota?

—¿Con cuánto? ¿15? —le pregunté, temerosa y sonriendo. No sé por qué dije 15. Ni siquiera estaba segura de tener 15 soles.

—No, 20 —dijo él apoyándose en la pared, porque el sol le estaba dando en la cara.

—OK, ahorita vuelvo —le dije, y subí las escaleras sin saber si tenía plata.

Entré a mi departamento, fui a mi habitación y busqué mi billetera en el bolsillo de mi overol y saqué el billete. Le dije Chau, billete de 20 soles, te vas con ese señor. Bajé las escaleras con la espalda recta y se lo di. No pensé en nada más. En ese momento él hablaba pero yo no quería escuchar.

— Vaya a pagar antes del mediodía —dijo, mirándome las piernas.

Subí al departamento sintiéndome exhausta, pero con ganas de hacer algo. No sabía qué.

Ahora estoy pintándome las uñas del pie y recuerdo que a los 14 años un chico me dijo que quería meter su dedo en mi agujero negro.

Y le dije Sí.

Sin saber a qué agujero se refería.

Recuerdo que estábamos hablando por teléfono a las 11 de la noche.

Recuerdo que él dijo Eres diferente. Y yo le pregunté ¿Por qué?

Porque dijiste “sí” y no “ya”.

Ese chico se llamaba Santiago y vivía a cuatro cuadras de mi colegio. Era más alto que yo y se notaba que hacía pesas y que iba a la playa. Para mis amigas, él era un pandillero. Y eso me gustaba. Siempre me han gustado los chicos con carácter fuerte. Los revolucionarios.

Él no sé qué era, pero me gustaba.

Una vez lo vi en la esquina del colegio deteniendo un Nissan gris con la mano para que una señora pudiera cruzar la pista con su bebito. Vi eso y quise besarlo, pero en ese tiempo aún no nos hablábamos. Otro día recogió a un pajarito con las alas cortadas del parque y lo llevó a su casa. Lo cuidó durante toda una semana. ¿Y cómo me enteré? Porque subió las fotos al Hi5. En sus fotos casi siempre tenía la casaca amarrada a la cintura o estaba masticando un chicle Boogie Ice. Recuerdo que todos masticábamos ese chicle.

Me encantaba.

Para mí, él era una mezcla de Eminen y Don José de San Martín.

Pero bailaba reggaetón, eso era lo malo. A mí no me gustaba bailar reggaetón.

¿Por qué no leía?

Y decía que de grande iba a estudiar ciencias de la comunicación.

En ese tiempo yo no sabía qué chucha era “ciencias de la comunicación”. Creo que él tampoco sabía, pero lo decía igual.

Ahora, luego de varios años, pienso que esa profesión la escuchó en el programa “R con Erre”, cuando Raúl Romero le preguntaba a los participantes del Canta y Gana ¿Qué estudias?

Un día, en la época en que conversábamos por MSN Messenger, estábamos riéndonos de los invitados a la fiesta de Daphne y él me dijo Ven a mi casa, veamos una peli, te doy la dirección, ¿tienes dónde apuntar?

Le dije .

Quería que me besen. Me emocionaba salir con un chico dos años mayor que yo. Ese día en la mañana salió un arcoíris. Y en mi vida solo he visto tres arcoíris. Ese fue el segundo. Y lo recuerdo porque estaba tendiendo la ropa en el cordel y mi tía me dijo Ven corriendo y señaló el cielo.

Esa tarde salí de mi casa con el cabello mojado. Caminé hacia el paradero y me subí al Chama. Pagué con una moneda de 2 soles y le dije a la cobradora Hasta Benavides. Ella me dio el vuelto y vi que sonreía. Me pareció raro. Me gusta ver a la gente sonreír. Y si ríen solos, mejor. Pero me inquietaba su sonrisa. No sabía si era causada por algo que estaba haciendo yo. Pensé Quizás tengo un moquito en la nariz. Me sobé la nariz y me di cuenta de que no tenía nada y entonces supuse que ella se acordaba de algo gracioso. ¿Qué sería?

Me dio el boleto, decía ESCOLAR. Lo guardé en el bolsillo de mi casaca. Un día ya no seré escolar dije. Y de nuevo volví a pensar en la sonrisa de la cobradora. Seguro recordó cómo su mamá le lanzaba la chancleta cuando era niña, y ella la esquivaba, y esa era su pequeña felicidad. Porque todos en algún momento de nuestras vidas hemos esquivado una chancleta. Fui por todo Caminos del Inca observando las calles. Los árboles. Las casas con sus letreros de SE VENDE. También vi a enamorados caminando de la mano. Cuando iba a llegar al paradero me levanté y pedí permiso. Estaba caminando por el pasillo cuando sentí que me apretaron la nalga derecha. Puta madre, pensé. En ese momento me quedé quieta. Quería ser un periquito e irme volando. Sentí asco. Me bajé.

Quería regresar a mi casa pero también quería ver a Santiago.

Caminé dos cuadras por la calle Las Nazarenas sintiéndome una tonta. Me daba cólera tener culo. Me daba cólera ser mujer.

Y llegué a la casa de Santiago.

Pensé que lo mejor sería no contarle nada.

Su casa parecía limpia, me gustaba el techo a dos aguas. Toqué el timbre y salió él con un bividí blanco y un jean grafito hasta la pantorrilla. Me dio un beso en la mejilla y olía a jabón. Me encantaba, se le veía tan seguro. Me hizo pasar al jardín y nos sentamos en una banca de metal de color bronce. El lugar me pareció bonito, lo primero que me llamó la atención fueron los peces. Tenía una poza con peces de colores al lado de la banca. Se notaba que los cuidaban, el agua se veía cristalina.

Me gustaba Santiago como me gustan los chups de maracuyá en el verano. No era de mi colegio. No era de mi edad. No sé de qué conversamos esa tarde, pero estar a su lado me hacía sentir cómoda. Recuerdo que yo me reía. Él era gracioso, se sabía algunos chistes y no tenía problema en contármelos y en hacer voces. Era muy desvergonzado y eso me fascinaba.

En algún momento su mamá salió al jardín. Se acercó a mí y me dio un besito en la mejilla. Olía a Vick VapoRub. Santiago me hizo el gesto como de Ya vengo con la mano y yo asentí con la cabeza. Se alejaron hacia la puerta de la calle, y desde la banca vi que ella le daba unas monedas. Le dijo De un litro, ¿ah?

Cerró la puerta de la calle y se acercó nuevamente a mí. Me preguntó ¿Eres del colegio de mi hijito? y se sentó a mi lado.

—No, soy de otro colegio.

—¿Y de dónde se conocen?

—De la fiesta de Daphne.

—Ah, eres amiguita de Daphne.

Por su manera de hablar, parecía de Iquitos.

—Sí, es de mi colegio.

—Sí, pues, el Mario siempre ha vivido al frente de ese colegio.

—Perdón, ¿quién es Mario?

—El papá de Daphne.

La señora tenía las encías negras.

—Yo soy amiga de su papá desde hace años —dijo, sonriendo y mostrándome sus encías.

—¿Sí? —pregunté, sin ganas.

—Estudiamos juntos en el Mariscal Cáceres.

Pasó saliva.

—Qué bonito —le dije, mirándola a los ojos. Eran de color miel.

—Sí, fue bonito —dijo, bajando la voz.

—Esas cosas marcan —agregué.

—Y marcan más si tienes un hijo. Yo aborté —dijo la mujer, observando sus manos.

—¿En serio? ¿Con el papá de Daphne? —pregunté, ahora con interés. Pero no sabía qué cara poner.

—No le digas a Santiago. Salí embarazada a los 15 años.

—¿Y por qué no lo tuvieron?

—Porque éramos misios y arrechos —dijo ella, y estalló en risas, dándome palmadas en el hombro. Se reía como Magaly Medina. En ese momento pensé Qué rara esta mujer, en lugar de llorar se ríe.

—Claro —le dije y sonreí.

—Yo lo hubiera tenido.

—¿Y qué pasó?

—Mi papá fue bien claro conmigo. Un día me llamó a su oficina y me dijo Si abortas te regalo un viaje a la Argentina.

—¿Por un viaje?

—No era cualquier viaje. Siempre había querido viajar a estudiar actuación. Mi papá lo sabía.

Quería irme corriendo de ese lugar.

Escuché que la llave entraba en la chapa y vi a Santiago empujar la puerta. Entró al jardín hablando.

—Ya, mamá, aquí está —dijo. Se le veía cansado. Le dio a su mamá una bolsa, vi que dentro había un frasco de lejía.

—Gracias hijito, ya no te molesto —le dijo y se levantó de la banca. Vi las várices en sus pantorrillas y sentí nervios.

Le acarició el brazo a Santiago. A mí me guiñó un ojo.

Se metió en la casa.

Nosotros nos quedamos en el jardín.

—¿De qué te habló? —preguntó Santiago.

—Nada, solo de dónde nos conocíamos.

—Así es ella, sapa.

—Santiago, ¿tienes hermanos?

—No, soy hijo único. Y casi ni nazco, porque mi mamá tuvo problemas para quedar embarazada.

—Asu.

—Así es, mi querida Saturna —dijo. Y añadió —: Ya vengo.

Entró en la casa y luego de un rato volvió con un sobre manila.

—Abre —dijo.

Abrí el sobre y dentro había un dibujo de Cartman, de Southpark, hecho con carboncillo sobre cartulina blanca.

—¿Y esto? —le pregunté.

—Te lo dibujé. Tú dijiste que te gustaba Cartman, ¿no?

En ese momento le di un abrazo. Me gustó mucho su detalle. Me parecía el hombre perfecto. Esa tarde hablamos de amigos en común y nos seguimos riendo, creo que así me sucede con los acuario.

Cuando el cielo empezó a oscurecer él me dijo Vamos al baño.

Yo fingí no escucharlo, seguí contándole sobre la botella de vodka que había desaparecido de la casa de Daphne. Pero él insistió.

—Vamos un ratito nomás.

Me tomó de la cintura. Caminamos por el jardín hacia un cuartito en el otro extremo de la casa, al lado de un árbol. Me sudaban las manos y me las pasé por el jean.

Recuerdo haberme preguntado ¿Tendré que tomarme el semen?

Él abrió la puerta y entró, pero yo no lo seguí. Vi un wáter blanco roto. El tacho era una galonera partida por la mitad. El cuartito olía a desagüe.

Le dije Un momentito.

Lo vi desabrochándose la correa junto a un costal de comida para peces.

—Acá nadie nos va a ver —dijo él —. Pon las patas en el suelo.

En ese momento sentí una punzada en mi pecho y algo cambió.

Caminé hacía la banca y cogí mi bolso, metí el dibujo de Cartman y salí de su casa corriendo.

Cuando estuve afuera escuché su voz llamándome. Qué roche, pensé. Entonces corrí más rápido y tomé una combi frente a la Cruz Roja. Escuché cómo sonaba mi celular. Era él, pero no le contesté.

Pensé en la mamá de Santiago, en la historia que me había contado.

Pero luego me dije Qué chucha la mamá de Santiago.

Nunca más los volví a ver.

 

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