La Calata Culta , literatura , sexo Jueves, 4 mayo 2017

Ella entró por agua y cigarros

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Ilustración: Adams Carvalho

Estoy en el estacionamiento de Vivanda esperando a que salga Bupsy. Quisiera masturbarme pero las lunas del carro son transparentes y no se puede. Ella entró por agua y cigarros, yo ya le he dicho que no fume pero ella no me hace caso. Supongo que es así, antes yo tampoco hacía caso. Ella tiene que darse cuenta sola. Quizás un día se huela el dedo. Cerca de mí pasa un muchacho vendiendo periódicos, mi abuela diría Ahí viene el canillita pero yo no diré eso. El muchacho es trigueño, sus cachetes son rojos. Quisiera comprarle un periódico pero no sé cuál. Ninguno me da la suficiente curiosidad. El señor que parquea los carros le grita ¡Un Trome! desde la otra fila, escucho su voz como si yo estuviera dentro de una pecera. Trae puesto un overol azul. El muchacho corre y le da el Trome. El señor le da una moneda y alcanzo a escuchar que el muchacho le dice ¿No tiene sencillo? Es como si dijera Por favor, por favor, por favor.

Quisiera tener el carro de Batman para acelerar e irme, a la mierda. Luego me sentaría bajo un árbol a comer una granadilla. Hablando de Batman, el otro día fui a comprar una salchipapa a la vuelta de mi casa y la señora tenía un polo de Batman. Era negro con el logo amarillo en el centro. Le dije Qué chévere su polo, señora. Ella agachó la cabeza, se lo miró y dijo ¿Sí, no? Mi nieta me lo regaló. Yo tenía hambre y le pedí una salchimix con mucha ensalada. En la refrigeradora de mi casa solo había un taper con apio y beterraga. Mi hambre era fuerte y necesitaba distraerme, mientras esperaba metí mi mano derecha dentro del jean. Me froté con dos dedos sobre el calzón. Luego metí mi mano por un costadito del calzón y me jalé los vellos púbicos. Me encanta hacer eso, me relaja, con esa mano le pagaré a la señora. Disfruto pensando que ella agarrará con su pequeña mano mi moneda y se la dará a otra persona. Y si en mi vagina había gérmenes, todos los que comieron salchipapa esa noche se llevarán mis gérmenes a su casa. Eso me gusta creer. Dentro de mi Top 5 de problemas en la vida está mi amor por la masturbación. Cuando empiezo, no me gusta parar. Es como cuando tenía siete años y jugaba Bomberman, no quería dejar el Nintendo y ni siquiera era mío, tenía que pagar 1 sol por una hora. Jugaba en un cuartito oscuro lleno de televisores antiguos, había cables en el piso. Me sentaba sobre una banca de madera al lado de niños que no conocía.

Siempre he creído que al vicio lo cambias por otro. Le dices al vicio Oye, si seguimos así nos vamos a ir a la mierda… Así que en unos años nos volvemos a encontrar. Así me pasó con las pilas Duracell. Me gustaba chuparlas hasta sacarles el líquido. Ahora le cuento eso a mi mamá y ella mueve la cabeza de lado a lado. Ese vicio lo cambié por el desodorante, comencé a crecer y cada vez sudaba más. Un día usé el desodorante de mi papá, era marca Old Spice, luego me comí un trozo. Me pareció rico y seguí comiéndome más trozos ese verano. Me gustaba la textura que dejaba en mi lengua, imaginaba que sabía al gel que viene dentro de los pañales, algo gelatinoso y grasoso. No sé por qué, pero quería imitar en todo a mi papá. Si él se afeitaba yo también me afeitaba, por eso me corté la quijada tres veces. Luego dejé ese vicio por el chat. Fue un tiempo de descubrimiento tras descubrimiento. A cada rato decía ¿Qué es esto? cuando se abría una ventana y no sabía cómo cerrarla. No entendía nada del internet. Mi tío siempre me explicaba cómo funcionaba pero yo no sabía hacer el símbolo del arroba, tenía que llamar al chico que atendía la cabina y preguntarle y a veces él tampoco sabía. A los trece años me envicié duro con el chat. Lo único que sabía hacer bien era entrar al mIRC. Me alucinaba conversar con personas que no conocía, saber de una vida en otro punto de la Tierra. Recuerdo que un día quedé en encontrarme con un chico de Lima que conocí en el chat. Yo no tenía miedo. No sé qué chucha buscaba. Qué chucha quería. Se llamaba Mauricio y a los dos nos gustaba hablar de cine y gemir por teléfono en las madrugadas, ese día nos encontraríamos afuera del bowling del Primavera Park. Nos veríamos las caras por primera vez. Habíamos chateado durante seis meses y queríamos manosearnos. Él me había dicho “Quiero oler tu axila”. Eso sí, llegué veinte minutos antes, él me había dicho que iría con un libro de Harry Potter. Pero yo no le dije cómo iría vestida. Estuve atenta a todos los chicos que llegaban a la entrada del bowling y de pronto se apareció un flaquito con una polera anaranjada, tenía la cara brillante de sudor y bajo el brazo el libro El prisionero de Azkaban. Es él, pensé. Pasé a su lado para verlo bien. Tenía aspecto de Me acabo de levantar. Me pareció feo. Lo primero que pensé fue Este cochino de mierda. No se baña. El caso es que no me acerqué. Fui al baño, oriné un chorro y pensé ¿Me voy o no me voy? Recuerdo que ese día se estrenaba Mini Espías 2. No sabía qué hacer pero mi intuición me dijo Vete y pon tu celular en silencio. Así lo hice. Coloqué en silencio al pequeño Sony Ericsson. Salí del baño y cuando pasé por la puerta del bowling él se acercó y me dijo ¿Tú eres Saturna? Y mirando su celular marcó mi número. Yo me asusté. Pero efectivamente mi celular no sonó. Yo le dije ¿Qué? Cerré mis ojos como Mister Magoo. Repetí nuevamente ¿Qué? y él sonrió y me dijo Disculpa, amiga. Y yo pensé ¿Con este chico he estado chateando?

Luego, en la Bausate descubrí el alcohol. Fueron días de descontrol y vagancia. No asistía a las clases y me gustaba un chico que tenía acné en la cara. Luego, a los 22 años llegó la marihuana, la rica marihuana que permite a muchos niños epilépticos controlar sus ataques. Por eso el autocultivo será un derecho. Y que quede constancia escrita de que yo, una ciudadana de Surco con 26 años de edad y una teta más chiquita que la otra, dije eso. Porque en el futuro la marihuana será legal. Estas palabras quedarán, y mi cuerpo se convertirá en un árbol cuando yo muera. Ojalá me convierta en un árbol de maracuyá. A mí me gusta el maracuyá. Bupsy no sale. Quisiera ver un capítulo de Rick and Morty pero no tengo datos en el celular. El carro huele a desinfectante. Recuerdo mi salón de clases cuando tenía seis años, era un salón pequeño en un primer piso de una casa en Sagitario, pero lleno de stickers de Los Picapiedra en las paredes. Era un buen salón. Todas las mañanas olía a Pinesol pero Anita, mi amiga, decía que no le gustaba el Pinesol. Decía Huele a poto, delante de la señora que había limpiado ese piso. Yo le decía Anita, cállate. Nunca me ha gustado que las personas se sientan incómodas. Y siempre me ha gustado el olor de la limpieza. El olor del detergente, del suavizante, del jabón, de la cera. Soy feliz cuando paso al lado de una lavandería. Me bañaría en suavizante.

Si viniera un policía en este momento y me preguntara por Bupsy, le diría que entró a Vivanda hace más de quince minutos por una botella de agua sin gas y una cajetilla de Marlboro, y todavía no sale. Quisiera llamarla por teléfono pero no quiero fastidiar. Seguro hay cola en la caja rápida, pienso. Qué vaina esa Bupsy. Qué vaina la caja rápida. A lo lejos escucho que una chica discute con su mamá. Ella grita ¿Por qué no puedo ir? ¡Siempre es lo mismo, carajo! Bajo un poquito la ventana para escuchar. Quisiera no ser sapa pero lo soy, quizás por eso estudié ciencias de la comunicación, no lo sé, su camioneta acaba de estacionarse al final de la fila, las veo bajar de la Hyundai Tucson plata. La chica tiene el pelo color violeta. ¿Dónde se habrá teñido? pienso, el pelo le llega a los hombros. Me gusta su short de diseño militar, se parece a Reggie Rocket. Le faltan el casco y la patineta. La madre verifica que las puertas estén bien cerradas, no la mira. Yo observo a la hija, que viene por delante de ella, parece que recién hubiera salido de la ducha. Me pregunto qué haría si tuviera una hija así, no lo sé. Yo le diría lo mismo que me dijo mi papá: Los hijos traen soluciones, no problemas. A la mamá se le ve cansada, tiene el cabello corto de color rojo pero se le notan las raíces. Se parece a la actriz que hace de la madre de Jared Leto en Requiem por un sueño. Seguro no tiene plata para el tinte, pienso. Pero eso no puede ser, su camioneta es cara. Seguro no se ha dado cuenta de que se le notan las canas o seguro no le importa que se le noten las canas. Pasa por mi lado. Nuestras miradas se cruzan. Nos observamos y lo primero que pienso es ¿Esta mujer hace cuánto no folla? Agacho la mirada, como si buscara algo dentro de mi bolso y pienso en el paso del tiempo. Un día tienes 5 años y otro día tienes 20 y luego ya tienes que ser mamá. Mi papá siempre me dijo La vida es un pestañeo. A lo lejos escucho la voz de la mamá diciendo Si quieres ir, anda, pero ya no me jodas. Cierro nuevamente la ventana, para que no se escape el aire acondicionado.

Abro mi cuaderno de tapa negra marca Canson y escribo algo. No estoy inspirada pero como sé que eso no importa, escribo. Paso la lengua por detrás de mi muela izquierda y digo Si no escribo ahorita no escribo nunca.

Su voz era como si sus pies estuvieran en el baño y su cabeza en la cocina. Sí, le dije yo en un tono más fuerte. Ella me dijo ¿Cómo? y se oía la voz de Ricardo Morán de fondo. 

Me pareció que estaba viendo televisión. No le iba a decir nada, pero le dije ¿Oye, estás viendo tele? Mejor te llamo luego.

No, no es eso, solo que me llamaste cuando estaba cambiando los canales.

Ah.

No es muy común que suceda eso, ¿no?

—¿Qué cosa?

Morderse los cachetes por dentro.

No, te equivocas, es muy común pero nadie habla de eso. Todos te dicen Oye, vamos al karaoke. Oye, me hice la manicure. Pero nadie te dice Oye, me mordí el cachete.

Eso lo estás haciendo tú. 

Bueno, yo. Pero yo soy yo. Quisiera conocer a alguien como yo. 

¿Para qué?

Para que me cuente sus defectos. 

¿En serio? No la soportarías.

¿Tú crees? 

Bupsy toca la luna del carro con sus dedos huesudos. Es un sonido amable, no me disgusta. Si siguiera tocando no me fastidiaría. Pero al verla, el señor del parqueo también se acerca. Parece una escena de The walking dead, los veo como zombis queriendo entrar en el carro para comerme. Seguro el señor piensa que ya nos vamos. Y sí, ya nos vamos. Guardo mi cuaderno, estiro mi brazo y levanto el pistillo de la puerta.

—Bupsy, ¿por qué tienes que interrumpirme? Justo cuando ya había conseguido un ritmo —le digo, y recibo la bolsa que me entrega.

Ella se quita los lentes de sol y entra al carro. El señor retira el papelito que colocó en la luna y que dice “50 céntimos”. Meto la mano dentro de mi bolso y abro mi monedero y solo encuentro moneditas de 10 céntimos. Muevo la cabeza, las cuento y pienso en el chico que vendía periódicos. ¿Dónde vivirá? ¿Qué habrá desayunado?

Bupsy se coloca el cinturón de seguridad y se pasa la mano por la frente para limpiarse el sudor.

—Hace un calor de la puta madre —dice Bupsy.

—Yo no creo que así interrumpan a Zambra.

Bupsy sonríe de medio lado. Como un pirata malo. Veo que está masticando un osito de goma azul.

—¿Quién es Zambra? —dice.

Bupsy gira la llave y enciende el carro.

Suelta el freno de mano, mira hacia atrás con el rabillo del ojo, coloca su mano en la cabecera de mi asiento y retrocede.

Le doy play a la canción Saturnz Barz de Gorillaz y salimos del estacionamiento.

—¿Y tú por qué cierras la puerta? ¿Te estabas masturbando?

El timbre de su voz me fastidia. Observo cómo se mueven sus labios. Quisiera cortarlos con una tijera y echarlos a la sartén.

No la observo. Alzó el volumen.

Y el carro voltea en La Encalada.

 

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La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.