La Calata Culta Sábado, 10 marzo 2018

Por otro lado, sé que no debo comer tantos chups

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

Ilustración: Adams Carvalho

Es de noche. Voy dentro de un Chevrolet negro por la avenida Ayacucho. Quiero follar y quiero un chup de fresa. Pero sé que no tendré ninguna de las dos cosas. Desde el año pasado pienso que no es necesario follar todas las noches. Por otro lado, sé que no debo comer tantos chups. Mucho hielo. Luego me duele la garganta. Pero la culpa la tiene mi mamá, ella ha contado en algún almuerzo que su único antojo durante el embarazo fue el hielo. Hay tráfico. Yo no sé para qué tocan el claxon. Estamos con el semáforo en rojo. Me dan ganas de sacar mi cabeza por la ventana y decirles ¿Ustedes son cojudos o nacieron cojudos? Y también pienso en mi papá. No sé por qué pienso en mi papá, a mí no me gusta pensar en él. Recuerdo por ejemplo cuando él me decía Chocherita, súbete en mi espalda. Yo no sabía qué era ser chocherita de alguien, y me subía en su espalda pecosa. Hace tiempo que no lo veo. Y ayer me mandó una imagen por el WhattsApp. Era una imagen por el día de la mujer. Era un papel pegado en un poste, que decía… No sé qué decía, porque lo borré antes de leerlo. Yo me reí. Yo sé que para él esas cosas son huevadas. Una vez le escuché decir Día de la mujer hoy, mañana día del perro. A mí qué me importa ahora. Mi papá se comunica así conmigo, con imágenes, no sabemos qué decirnos. Si es navidad me manda una imagen de un osito vestido de Papá Noel, si es mi cumpleaños me envía otro animal, pero con un globito en la mano. Hablar de mi papá me carga pero a veces también me hace reír. ¿Qué estará haciendo? A veces lo imagino subiendo la escalera sin tarrajear de un edificio en construcción, con su casco blanco en la cabeza y contándole un chiste a un obrero. Eso es algo que siempre me ha avergonzado de él, que le guste contar chistes. ¿Por qué cuenta chistes? Siempre le he dicho Los ingenieros no cuentan chistes. Y no sé por qué lo imagino contando el chiste del tofi, quizás porque ese chiste me lo contaba a mí, y yo me reía. Aunque no era tan gracioso. Pero eso fue en el tiempo en que me faltaban dientes. Pasaban los años y él me seguía contando el mismo chiste. Cuando lo contaba su cara se ponía roja, su risa era media ahogada. Y cuando yo le decía La haces larga, me voy, en ese momento él decía Ya, ya, ya y comenzaba a hablar. El chiste no lo recuerdo muy bien. Era algo así: Dice que un hombre va al doctor porque le duele la barriga. Le duele mucho, mucho. Se retuerce de dolor. Nada lo calma. El doctor lo examina y le dice Tienes un gusano en tu estómago. Hay que operar. Pero el hombre es cobarde y dice No, doctor. No me va a operar. Entonces el doctor le recomienda otro método. Le dice Vas a comer un plátano, tres ciruelas y un tofi durante una semana. El hombre dice Ya, ya y se va. Luego de una semana vuelve al consultorio. Y le dice al doctor que su dolor persiste. Y él le responde Entonces, cambiaremos de receta. Ahora será plátano, manzana y miel. Y en ese momento, del culo del hombre sale un pequeño gusanito diciendo ¿Y mi tofi?

Los recuerdos con mi papá son pocos. Si nos hubieramos llevado bien hubiéramos tenido más recuerdos juntos, no sé. Recuerdo una conversación con él. Una vez le pregunté a mi papá ¿Cómo te decían en el colegio? No sé de qué estabamos hablando, solo le hice la pregunta. Lo primero que dijo fue No recuerdo.

Le volví a preguntar. Y esta vez sí respondió.

—Tu papá viejo —dijo él.

—¿Y por qué te decían así?

—Porque mi papá era viejo.

Dijo eso y le observé las pestañas, largas y rizadas. Las mías también son largas pero no son rizadas.

—¿Y tú qué les decías?

—Váyanse a la mierda.

El carro avanza lento. Y yo pienso ¿En qué me pareceré a mi papá? Me observo la mano derecha en la penumbra y digo bajito No quiero ser como él. No quiero que mi hijo se aleje de mí. No quiero que le digan en el colegio Tu mamá vieja.

Creo que hay apagón en Surco. Las calles se ven oscuras. Todo se ve oscuro. Hay velas encendidas dentro de algunas casas, a través de las ventanas veo siluetas de cuerpos. Me da miedo la oscuridad. Quisiera decirle al taxista Señor, encienda la luz. Pero no le digo nada. Me quedo en mi asiento, quieta. Mi pie derecho está temblando. Observo a ambos lados y digo Puta madre, ¿por qué seré así? Quisiera ser como mi hermana de 12 años. Ella sí dice lo que piensa, lo que siente. Pero yo no soy ella. Yo soy cobarde.

El taxista acelera y pasa al lado de una moto roja. Dobla a la derecha, ya estamos en la avenida Próceres. Aquí hay luz, la calle está iluminada de amarillo. Esa luz me da pena. Quisiera irme de acá. Quisiera irme volando sobre el lomo de un cóndor hasta la selva. Me imagino follando rapidito sobre un colchón en el piso y respirando dentro de otra boca. También pienso Este taxista debería bañarse. Pero seguro no es vergonzoso como yo. Recuerdo cuando tenía 10 años. Me veo en la clase de álgebra, con mi blusa blanca y mi falda roja de cuadritos, sentada en mi carpeta de melamine azul junto a la ventana, con cara de aburrida. Y de pronto con mi lengua empecé a mover un diente. Ese diente estaba flojo. No pensé que esa mañana se iba a salir. Fue cuando el profesor explicaba los polinomios. Yo lo miraba atentamente y por dentro quería pedirle permiso para ir al baño, pero me daba vergüenza hablar. Me daba vergüenza mi voz. Quería salir corriendo de ese salón. Pero tenía miedo de tropezarme. Y ahorita acabo de recordar que ese profesor me gustaba. No sabía qué hacer, no dije nada. Me quedé sentada en mi carpeta durante 30 minutos con la sangre en la boca. Esperando. ¿Qué esperaba? ¿Por qué no decía Profe, puedo ir al baño?

Pero así era yo. Imaginaba que mi saliva, mi sangre y mi diente se salían por mi boca. Mojaba el piso y alguien se resbalaba y se caía de poto. Todos se reían. Cuando sonó el timbre del recreo corrí al baño a escupir sobre el lavadero. Mi boca me dolía.

Enjuagué el diente –parecía una piedrita– y lo guardé en el bolsillo de mi blusa. Eso aún lo recuerdo nítidamente. Si me sentaran en la silla eléctrica pediría que me dieran cinco minutos para recordar de nuevo ese recuerdo. Es que ese recuerdo habla de quién era yo, y es importante recordar quiénes fuimos. Yo era esa chibola tímida con el diente en la boca.

El taxi se detiene en el paradero El Quiosco. Cruzan dos señoras y un perro. El taxi dobla hacia la izquierda y se detiene en el semáforo en rojo, al lado del chifa. Yo saco mi cuaderno negro de mi mochila y leo algo que escribí el año pasado.

Estábamos echados en la cama. Yo le dije Cuando era niña mi mamá me decía Duerme, y yo no me dormía. Así no funciona la cosa conmigo, le dije. Y él volvió a decirme Duerme. Esa noche yo no quería dormir. Quería follármelo. Pero no sabía cómo. Y de pronto él colocó su brazo sobre mi barriga y cerró sus ojos. Yo sentí corriente. Incluso creo que se lo dije: He sentido una corriente cuando me has abrazado. Y pensaba ¿Por qué me abraza? De pronto escuché que su estómago sonó. Se escuchaba fuerte. Recuerdo que abrí mis ojos en la oscuridad. Él decía ¿Eres tú? Y yo le decía No, eres tú. Nos reímos. Él decía Se quiere salir el tigre. Eso recuerdo. El chico de los dientes chuecos me hacía reír. Y para mí es importante reír. Luego me abrazó más fuerte. Acercó mi cuerpo a su cuerpo. Y sentí un bulto caliente en su entrepierna. En ese momento, en medio de mi embriaguez pensé Chucha, no me he afeitado las piernas. Él me besó en la boca. O yo lo besé, no sé. Fue un beso de adolescentes. Con timidez y con lengua.

El taxista cruza la avenida Guardia Civil Sur y dice ¿Sigo de frente?

Si quieres escribir, escribirás. Así estés cansado. Con hambre. O con calor. Así no sepas por dónde comenzar. Así no te hayas bañado. Todos tenemos 10.000 historias dentro. Esas historias están esperando salir, pero no salen porque pensamos que debemos estar inspirados para sentarnos ante el papel o la pantalla de la computadora. Y así no es. Uno escribe, con ganas o sin ganas. Uno escribe para saber qué quiere escribir. Uno escribe para entender qué está escribiendo.

Escribe como los primeros habitantes de la Tierra. Escribe como un cavernícola.

Escribe alocadamente.

#ComoMeDaLaGana
San Borja, 15 de marzo. Monterrico, 8 de abril.

https://goo.gl/nADwG1

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.