La Calata Culta Domingo, 16 septiembre 2018

A ti te gusta escuchar conversaciones

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.

 

Imagen: “Flamingo” David FeBland

Esa noche fui a un bar en la calle Esperanza. No sé qué hora era pero era tarde. Mi boca sabía a Halls Azul y a causa. En la entrada vi a dos vigilantes. Uno fumaba, el otro tenía los brazos cruzados y cuando me vio me dijo Buenas noches. Yo por dentro pensaba A esta hora estaría durmiendo, o escribiendo, pero no acá.

El bar quedaba en un segundo piso. Subí por una escalerita angosta de peldaños rojos. Sonaba algo de New Order. La gente bailaba, y algunos cerraban los ojos mientras sus caras se iluminaban de amarillo. Volteé y vi a Z en la penumbra, sentado en un silloncito. Él también me vio y me saludó con una mano. Yo me acerqué y le di un beso en el cachete. Sus ojos se veían reventados.

—¿Qué tal? ¿Todo bien?

—Todo bien. Pero mi celular se va a descargar.

—¿Tienes el cargador?

Apagué mi celular, saqué el cargador del bolso y se lo entregué, y él fue hacia la barra. No recuerdo de qué conversábamos cuando volvió. Creo que me dijo que el dueño del bar era su amigo, y que el lugar era acogedor. No sé si utilizó la palabra acogedor, pero algo me decía y nos reíamos. Una muchacha de polo verde nos dijo ¿Qué van a tomar? Cerveza dijo Z y le sonrió. Ella también le sonrió a él. Yo los veía tan despreocupados, tan alegres. ¿Habías venido antes acá? me preguntó Z cuando la muchacha se fue. Sí, hace años, le dije. Pero no era cierto.

La muchacha nos trajo una jarra de cerveza con dos vasos y dijo 18 soles. Yo quise decir Yo pago pero no dije nada. Z sacó 20 soles de su billetera y se los dio, y me sirvió cerveza hasta el borde del vaso mientras la mesera se alejaba moviendo su pequeño culo. Comenzó a sonar Crazy de Aerosmith. Esa canción nunca me gustó pero el videoclip era paja. Cogí mi vaso y dije Salud.

Las chicas que estaban riendo al costado de nosotros eran cuatro. Parecían amigas de una oficina de la avenida Larco. Usaban vestidos muy ceñidos, como si fueran hot dogs envueltos en papel film, listos para ser comidos. Z me dijo Esas chicas se ríen un montón, ¿no?

Una de ellas tenía el cabello ondulado y estaba tomándose un selfie con su celular, y la otra chocaba su vaso de cerveza con el de su compañera mientras le decía Yo brindo porque tengo el calzón limpio. Su amiga le respondió ¡Yo brindo porque no tengo calzón!

Z me miró con sus ojos reventados.

—¿A ti te gusta escuchar conversaciones?

—Sí —le dije.

—¿Escuchamos a esas chicas? —me dijo.

Bebí de mi vaso. Él bebió del suyo y a continuación me dijo La vez pasada escuché a una hija y a una madre conversando por la avenida Schell. La hija era joven y parecía resaqueada. Y le decía a su mamá Tengo que cagarla para aprender.

—Es verdad, uno tiene que cagarla —le dije—. ¿Y la madre qué le decía?

—La madre le decía Pero tú siempre la cagas.

Él sonrió, pero yo no. Estuvimos un rato en silencio en medio de la bulla, escuchando las huevadas que hablaban esas chicas. Yo las observaba de reojo. Una de ellas dijo que una vez, comiendo Chizitos, una mosca se metió en su boca y casi se la traga, y por eso dejó de comer Chizitos durante 5 años. ¡Qué asco! gritó una de sus amigas, y todas se rieron. Y en medio de las carcajadas, la del cabello ondulado dijo algo que me llamó la atención. Dijo Yo un día me quedé pegada por el culo.

Tosió, y luego bebió de su vaso. Sus amigas la observaron, ¿qué chucha habrían pensado? Yo también bebí, y en mi mente apareció la imagen de un perro sobre una perra, cachando. Z no sé qué pensó, pero se rió enseñándome sus dientes. Y encima el hombre era casado dijo la chica, y bebió más cerveza. Sus amigas estallaron en risas. Creo que la chica era de Puerto Rico o de Colombia: dijo ¡No se rían, perras! y sus amigas se callaron. Dijo también que ese hombre se la metió por el culo sin condón varias veces, y que le gustó. Pero en medio de la arrechura pasó algo. Él se la metió de un envión, y ella se tiró un pedo. Y ahí todo se fue a la mierda. En el bar empezaron a aplaudir. Yo decía ¿Por qué chucha aplauden? ¿Por el pedo? No me dejan escuchar. La chica bebió más cerveza y yo seguí escuchándola. Dijo que el pene del hombre quedó pegado a su culo y que no podía moverlo, ni retirarlo. Ella gritaba Huevón, sácalo. Él trataba de sacarlo pero ambos tenían miedo. Miedo de lastimarse, más él que ella. Él gritaba ¡No puedo, negra! Y ella le decía ¿Entonces qué hacemos? ¿Le decimos a tu mujer que venga a despegarnos? Y se quedaron dos horas echados en la cama, mirándose asustados en el espejo de la pared, pensando que ya iba a pasar. Pero no pasó. Dijo eso y sus amigas estallaron de nuevo en risas. Yo también me reí, pero sentí que me tembló el ano. Bebí más cerveza. La chica dijo Eso me pasó por puta. Lo peor fue que estábamos en un lodge de la selva, y estaba haciéndose de noche. Tuvimos que llamar a un encargado para que nos ayudara. Esta vez ella misma se rió, creo que estaba avergonzada porque se tapó la boca con una mano. Contó que el encargado tuvo que entrar a la habitación con su llave, y ella le dijo Joven, hemos tenido un accidente. Y luego de una hora las recepcionistas estaban evacuándolos del lodge, envueltos en toallas blancas. Iban con cuidadito, él la sujetaba de la cintura, porque tenían miedo de tropezar. No querían ser vistos por nadie, no querían asustar a nadie, y caminaron por una trocha hasta el helicóptero de la policía. Yo tomaba mi cerveza y no podía creer lo que estaba escuchando. Ella continuó su relato. Dijo que fue jodido subir al helicóptero, porque alzaba su pie para trepar y él decía ¡Aguanta, negra, aguanta, que se rasga esta huevada! Y una vez dentro del helicóptero, los recostaron en cucharita. Un enfermero me echaba una pomada en el culo y me decía ¿Por qué han estado cachando así?

Y tú que le dijiste preguntó una amiga suya. Nada, no podía verlo, ¿no ves que estaba pegada? No le dije ni mierda. ¿Y cómo los despegaron? preguntó otra. Yo también me preguntaba lo mismo. Ella dijo Nos bajaron del helicóptero y el enfermero comenzó a gritar ¡Traigan una camilla, traigan una camilla! Yo sentía que me habían metido una tuna al culo. Nos echaron sábila, nos echaron grasa de culebra. Pero nada despegaba esa huevada. Hasta que la señora de la limpieza le dijo al enfermero Échales aceite de mamey. Así que esa noche nos remojaron en el patio de la posta durante 2 horas en una tina con aceite de mamey.

Z se reía. Bajó la voz y me dijo Ya ves. El mamey, huevona. Me tomé la cerveza rápido. También eructé. No sé si él se dio cuenta. Se me acercó a la oreja y me dijo ¿Bajamos? Bebí un sorbo más de cerveza y le dije Falta mi celular. Y él se fue a la barra. Me levanté del sillón, observé el sitio y pensé Quiero venir todos los días acá. Las chicas estaban brindando de nuevo y una de ellas, con su copa en la mano, abrazaba a la chica de cabello ondulado, que alzó su vaso con solemnidad y dijo algo, pero ya no la pude escuchar. Z regresó, me dio mi celular, se puso su casaca y me dijo Ya van a cerrar, ¿vamos?

Abajo, en la calle, encendió un cigarro. Fumaba observando un carro rojo estacionado en la pista. Me dijo ¿Quieres? Y me dijo Te voy a contar algo que me da mucha vergüenza. Echó humo al aire. Hace dos años no tenía plata. Estuve muy mal.

Su tono era como de Yo sé de lo que estoy hablando.

Le pedía plata prestada a mi vieja. Incluso una vez comí un menú en el lugar donde trabajo, y no tenía cómo pagar y dije Me he olvidado mi billetera, y me creyeron. Otro día tuve que juntar mis botellas de Pilsen y reclamar el sol que dejaba por ellas.

Fumó otra vez de su cigarro, y se quedó mirando en la misma dirección. Yo por dentro pensaba ¿Y? ¿Tanta vaina? Yo también estuve así. Pero no le dije nada. Me dieron ganas de abrazarlo, pero no lo abracé.

No sé qué más pensé. Fumamos un ratito más ahí. Y un chico de polera negra se nos acercó, quería que Z le regalara un cigarro. Tenía acné en la frente y ojos hundidos. Parecía desesperado. Parecía que no había bailado con nadie esa noche. Parecía que le había declarado su amor a una chica y que esta chica lo había despreciado, y ahora solo quería un cigarro. Z le dijo No tengo. Y yo pensé ¿Por qué le dice que no tiene, si tiene? El chico le dijo Entonces te compro. Y Z le sonrió y le dijo Te he dicho que no tengo. El chico le sonrió, agachó la mirada y se alejó despacito. Y Z dijo Si no tiene plata para sus cigarros, que no fume. Yo, cuando no tenía plata, dejé de fumar. Sonrió y caminamos por la Avenida la Paz.

Hacía frío.

Quería seguir escuchándolo pero también quería dormir. Recuerdo que esa madrugada, mientras caminábamos, conversamos de su mamá. No sé por qué hablamos de ella. Creo que yo estaba hablando de mi abuelita, dije que ella se resentía cuando no la visitaba. Él dijo que eso también le pasaba con su mamá, y que últimamente no le daban ganas de verla. Dijo Me parece una persona desagradable.

Llegamos a su casa.

Yo pensaba decirle Ya, de acá me voy.

Pero él abrió la reja y me dijo Entra.

Esa noche hicimos el amor. Luego nos quedamos recostados sobre la cama. Yo tenía la cabeza sobre su hombro izquierdo. Y con la mano le acariciaba una tetilla. Él no sé de qué me hablaba, pero yo le pregunté Cuando eras chiquito, qué te enviaba tu mamá en la lonchera. Él sonrió y dijo Nada, mi mamá me daba plata.

Yo también sonreí, y no sé por qué le hablé de mi mamá. Le conté que a veces mi mamá se queja de mi papá, y que ya estoy harta de eso. Entonces, ahora le pido a mi mamá que si me va a hablar, que no me hable de mi papá.

—De eso tienes que escribir —dijo, observando el techo.

—No puedo porque me da vergüenza —dije.

—¿Por qué?

—No sé.

—No digas no sé.

—Dos años no es nada para conocer a una persona —dije, y me rasqué la nariz.

—¿Por qué no? Puede pasar.

—Claro, puede pasar, nací yo pero luego se dan cuenta de que no se conocen. Entonces que no se queje.

—Ah, bueno, eso es otra cosa —dijo.

—Eran los 90, era el tiempo del terrorismo. ¿Mi mamá qué hacía pensando en cachar?

—¿Qué tiene de malo? ¿Tú no cachas?

—Sí, pero en ese tiempo todo era pendejo. ¿Quién pensaba en cachar?

—Yo —dijo él—. Todos, ¿por qué no?

La Calata Culta

Leslie Guevara es escritora y periodista. Ha sido columnista de la revista Velaverde. Relatos suyos han sido publicados en España y México. Es una de las autoras del libro "Sexo al cubo. Veintisiete relatos escritos por mujeres en el Perú" (Editorial Altazor). Es gerente de proyectos de Machucabotones y su perra se llama Allujo.